Democracia y buenos modales

Nassef Perdomo Cordero
Nassef Perdomo Cordero, abogado.

Durante muchos años, sobre todo a partir de la caída del bloque soviético, la ilusión de que a la democracia liberal no la acechaban ya graves peligros avanzaron distorsiones que se han convertido en una de sus mayores debilidades. Entre ellas, las ideas gemelas de que la democracia implica ausencia de conflicto y de que el tener buenos modales nos exige ignorar aspectos importantes de los conflictos que sí reconocemos.

Los resultados han sido desastrosos. Esta pretensión de cubrir los inevitables conflictos con una capa sacarina ha tenido un resultado previsible: su profundización durante décadas y que hayan terminado supurando autoritarismos de izquierda y derecha en todo el globo. Y es que las cosas, para aclararlas, hay que hablarlas claro.

Por esto no comulgo con la idea de que la crítica es una ofensa. Por consiguiente, considero que no debe confundirse los buenos modales con la obligación de silencio. En otras palabras, estoy convencido de que muchos de los hechos y fenómenos sociales más dañinos se escudan en la expectativa de que nadie los denuncie porque hacerlo sería tener malos modales.

Es común ver a personas que, ante una denuncia o crítica, apelan —o se refugian, según sea el caso— al argumento de los buenos modales para decirnos que calladitos nos vemos más bonitos.

Esto no es aceptable, porque se traduce en la idea de que en el espacio público hay personas por encima de toda crítica. Algo que, en términos ciudadanos, quiere decir que están por encima de todos los demás.
No creo que el insulto tenga lugar en el debate, pero tampoco me parece válido sentirnos insultados cuando nos señalan nuestras incoherencias. Faltaría más. Sostengo, por el contrario, que todo aquel que interviene en el debate público debe asumir la crítica. Que no quiera o no pueda responderla no puede limitar el derecho de los demás a plantearla.

Los demás no tenemos por qué aceptar que autoproclamados guardianes de la moral pública consideren un insulto que se les cuestione. Eso al margen del aprecio que merezcan en términos personales, y de que, -reitero, el agravio y la injuria no deben formar parte del debate público.

La democracia es de todos, y en ella todos tenemos derechos y deberes. Nunca es malo que nos recuerden los segundos.