Del escritorio al campo: La historia de dos mujeres que asumieron la producción agropecuaria

Su historia en el campo comenzó en medio del duelo. Tras el fallecimiento de su esposo, padre de sus cuatro hijos, asumió el reto

mujeres

Irma Rondón nunca imaginó que terminaría al frente de una finca ganadera. Es abogada de profesión, pero desde hace 24 años su rutina se escribe entre potreros, madrugadas y el sonido de las vacas.

Junto a sus hijos dirige una empresa familiar dedicada a la crianza de ganado en su finca productora en Hato Mayor, donde han apostado por la innovación genética para mejorar la calidad del rebaño. “Nos dedicamos a la crianza de ganado. Hemos ido innovando para mejorar la raza. Cambiamos del ganado común a razas más finas y nos ha dado muy buen resultado”, cuenta.


Su historia en el campo comenzó en medio del duelo. Tras el fallecimiento de su esposo, padre de sus cuatro hijos, asumió el reto.


“Soy abogada de profesión y me tocó ser ganadera. Y lo he hecho con mucha responsabilidad y dedicación. Le he puesto mucho amor”, afirma.


Durante años, las madrugadas marcaron su aprendizaje. Recuerda que su padre le dio un consejo que nunca olvidó: montar a caballo y recorrer los linderos de la finca con los empleados para conocer cada rincón.


“Era todos los días a las cinco de la mañana. Fue como un entrenamiento, pero lo disfruté”, relata con una sonrisa.

Damas destacas posando en el Congreso Nacional 2026


Irma reconoce que uno de los mayores desafíos fue ganarse el respeto en un entorno tradicionalmente dominado por hombres.

“Si tu posición es la de jefe, tienes que crear respeto de tus empleados hacia ti, que te valoren”, explica.

Asegura que el trabajo en equipo con los empleados que ya conocían la finca fue clave para salir adelante.


“Hicimos un buen equipo y seguimos hacia adelante”, aseveró al indicar que, si tuviera que volver a tomar esa decisión, lo haría sin miedo.


En su proceso de trabajo ha involucrado a sus hijos, quienes crecieron en ese mismo entorno rural.
“Ellos se han criado ahí dentro, como decimos nosotros, debajo de la pata de la vaca”, afirmó entre risas.
Hoy piensa en el relevo generacional y confía en que uno de ellos continúe el legado familiar.
“Hay uno que vive conmigo, el que siempre me acompaña y va a la finca”.


Cuando resume más de dos décadas en la ganadería, lo hace con dos palabras que, según dice, definen su camino: dedicación y gratitud.


Para las mujeres que dudan en asumir retos fuera de los roles tradicionales, su consejo es simple:
“No tener miedo a nada. Yo puedo estar muy linda, pero también con las botas sucias en la finca. No tengo un solo esquema”, afirma.

Otra mujer a la que el destino llevó al campo fue Miriam Antonio viuda de Camps. Su vínculo con la vida rural comenzó desde muy pequeña, aunque decidió que se dedicaría a los números y las empresas.
Pero su padre, un reconocido productor agropecuario apasionado por la ganadería y la producción de leche, le asignó una tarea que le cambió la vida.

Cuenta que su progenitor, tras empezar desde cero, logró construir un negocio próspero que incluía ganadería de doble propósito, una granja porcina, agricultura y una fábrica de quesos conocida como Don Chichí.

Además, en los años setenta produjo vegetales chinos para exportarlos al barrio chino en Estados Unidos.
Sin embargo, un accidente ocurrido el 2 de enero de 1996 cambió la historia familiar.
Aunque sobrevivió, su salud se deterioró con el tiempo. Fue entonces cuando le pidió a su hija que lo ayudara a continuar con el negocio.

Miriam había estudiado contabilidad y finanzas y hasta entonces no pensaba dedicarse al campo. Aun así aceptó el reto y comenzó a viajar cada semana por la Autopista Duarte para supervisar las fincas.
“Era muy difícil porque eran dos fincas, el ganado, la fábrica de queso, la agricultura, los cerdos y el arroz. Era un combo”, rememora.

Tras la muerte de su padre en el año 2000, quedó al frente del negocio familiar. Con el tiempo tomó decisiones para reorganizar las operaciones y hoy se mantiene vinculada a la producción agropecuaria, especialmente en el cultivo de arroz.

Hoy la historia de Mirian e Irma se multiplica en los campos dominicanos en miles mujeres que asumen responsabilidades y se han convertido en pilares del campo dominicano.

Sobre el autor

Dilenni Bonilla

Periodista egresada de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), con diplomados en Comunicación Estratégica, Economía, Finanzas y Fondos de Pensiones.