Defensa de la poesía es defensa de la vida y la libertad
La poesía es un acontecimiento radicalmente estético, específicamente lingüístico; pero, sobre todo, visceralmente humano.
El lenguaje es su esencia, su materia y forma. Va desde el lenguaje hacia el lenguaje, y en ese trayecto simbólico tiene lugar su entroncamiento con la vida, con la sociedad y con la historia; con el pensamiento, más allá de los fideísmos, manifiestos y modismos de toda laya.
En la preeminencia verbal de la poesía se encuentra su valor cultural y desde allí se hace posible su condición de entidad capaz de transgredir los límites de la realidad, de conmover la conciencia y el espíritu. Superación verbal del mundo llamaba Bataille a esa facultad de la creación poética.
La poesía ha aparecido, en más de una época crucial de la historia, como senda clarísima hacia el amanecer de una nueva cosmovisión, una nueva sensibilidad, un nuevo entendimiento entre los hombres. Como lo proclamó Hölderlin, ante todas las demás ciencias y artes solo la poesía sobrevivirá.
Es el poder dialógico, en cuanto que entidad de pensamiento y lenguaje, el que imprime a la poesía un valor trascendente. Sugería José Martí, que era tonto quien creyera que no era la poesía un bien tan importante para los pueblos como la economía u otra forma de sustento material.
La poesía es un componente básico en el alimento espiritual de las naciones. Llevar poesía a los hombres, tarea con la que se contentó Pavesse con absoluta humildad, se convierte en una misión ulterior.
Porque la poesía está facultada para trascender las circunstancias y el tiempo del sujeto que la escribe, su contexto histórico, ideológico y social.
La vigencia de la poesía se sitúa más allá de la relevancia del tema, las pretensiones filosóficas, las aspiraciones emocionales o la tendencia ideológica o doctrinaria a que pretenda servir.
Es en una ética específica, la que Paul Valéry llamó ética de la forma, donde radica el auténtico compromiso de la poesía con los individuos, la lengua, la cultura, la sociedad y la historia. Esta ética define la identidad de la poesía como un acto de enunciación, como un hecho de lengua-cultura en cuya génesis se articulan el sujeto que enuncia, su lengua, sus costumbres y creencias, su cosmovisión y su tiempo.
La poesía se rebela ante las injusticias y ante la escena dantesca de autodestrucción y odio que convierten el presente en un vergonzoso drama inhumano.
Sin embargo, se atrofia la trascendencia intrínseca de la poesía cuando se le imponen mancuernas ideológicas y grilletes doctrinarios que la reduzcan a una función de mera propaganda. Cuando la poesía enaltece su especifidad de lengua y pensamiento, de símbolo y sentimiento, de experiencia y verdad, se transforma en defensa de la vida y de la libertad.
Antes que atada a una función ideológicopartidaria, la poesía va de la mano con una misión social y humana que la convierte en bien espiritual e intelectual con carácter testimonial perdurable.
Defiendo la vigencia de la poesía porque, además de ser la expresión más alta de las posibilidades estéticas de una lengua, hay en ella un hálito de trascendencia que se nutre de la más simple de las realidades, aquella que expresa cada día la voluntad del ser humano en reafirmar la belleza de la vida, a pesar de los horrores del mundo.
No ha podido el hombre vivir sin poesía. Y si no fuese más que el fracaso el destino final del hombre, tengamos presente que solo la poesía sobrevivirá. Defensa de la poesía, porque es mi mejor y más comprometida forma de defender la libertad y la vida.
