De la filantropía a la sostenibilidad
La solidaridad, aunque ostensiblemente cada vez más escasa entre los individuos solipsistas y mercuriales de la sociedad consumista posmoderna y líquida, para denominarla en sintonía terminológica con Zygmunt Bauman, es parte del instinto originalmente gregario de la especie humana.
Las grandes guerras entre naciones suelen ir seguidas de propuestas filantrópicas de reconstrucción, de asistencia humanitaria a las víctimas y de programas de recuperación económica entre las naciones.
De esa forma han convivido el espíritu solidario y la conciencia autodestructiva de la humanidad.
La filantropía empresarial ha sido un gesto característico de la evolución del capitalismo que se planteó, en su momento de auge, como la devolución al conglomerado social de una parte de los beneficios que el primero había alcanzado producto de la confianza y la preferencia de los consumidores o el mercado y la sociedad frente a sus bienes o servicios vendidos.
Se trataba, pues, de una conducta altruista de los empresarios que, ante las crecientes necesidades humanitarias como educativas, de salud, de viviendas, entre otras, no satisfechas por el Estado, era de esperar que los generadores de riquezas llevaran a cabo.
Fue, por así decirlo, un fenómeno alimentado por una fase histórica del compromiso estatal llamado Estado providencial, el cual, por su propia naturaleza, habría de tener una vida corta y un final no del todo feliz, debido, precisamente, a su insostenibilidad económica.
Sin embargo, las empresas han seguido atendiendo de forma distinta, pero, con amplia y generosa cobertura, necesidades fundamentales de los grupos sociales vulnerables económicamente, más allá del reto de sus utilidades y de la cobertura que en este sentido sus políticas de gobernabilidad interna contemplan a favor de sus propios empleados.
De ahí que considere que si bien debemos hacer del altruismo o la filantropía estrategias empresariales y conducirlos hacia modelos de gestión de la inversión social privada con clarísima tendencia a la sostenibilidad, es decir, a convertirlos en modelos económicamente viables y con mayor impacto social en términos de equilibrio y armonización de los intereses privado o particular y público o general, no sea menos cierto que la filantropía misma no ha pasado de moda.
Porque, con un empresariado socialmente responsable, un Estado eficiente y orientado a lograr generación de riqueza social, y una sociedad civil organizada la filantropía empresarial puede ser un importantísimo agente de cambio ciudadano y de progreso social y humano.
Los espíritus filantrópicos son imprescindibles en sociedades con grandes desigualdades y, peor aún, sociedades con tendencia a acentuarlas.
A lo que deben aspirar las empresas es a conducir ese espíritu solidario por medio de la gestión de procesos con criterios de Responsabilidad Social Corporativa y de sostenibilidad económica, social y medioambiental, de manera que la inversión social garantice, por un lado, la sostenibilidad y el futuro de la misma empresa, y por el otro, que el impacto logrado con esa inversión tenga alcance social profundo, hasta convertirse en generador de valor compartido y equidad entre todos los agentes del cuerpo social.
En una ecuación muy simple, pero, demasiado cierta, si la RSC no fortalece la sostenibilidad de la empresa, no habría futuro de la empresa como tampoco habría eficacia en su inversión social.
Una empresa es, pues, socialmente responsable, cuando convierte sus políticas de RSC y su instinto filantrópico en parte consustancial de la estrategia de negocios, dado que su supervivencia y crecimiento económico y financiero garantizarán sus políticas de sostenibilidad y su necesaria armonización de intereses con sus inversionistas, con la sociedad civil y con en el Estado. Migremos, pues, de la filantropía per se a la sostenibilidad.
