Hay escenas que se repiten con inquietante normalidad: un accidente en plena vía pública, una discusión que escala en violencia, una persona en evidente estado de vulnerabilidad. En segundos, varios teléfonos se levantan. Se graba. Se transmite. Se comenta. Pero pocos se acercan. Es la era de la comunicación digital.
Algo ha cambiado. No solo en la forma en que reaccionamos, sino en la manera en que entendemos nuestro rol en la sociedad. Hemos pasado, casi sin notarlo, de ciudadanos activos a espectadores permanentes. Y en el centro de esta transformación está una palabra clave: Comunicación.
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La Comunicación, en su sentido más profundo, es vínculo, encuentro y responsabilidad compartida. Sin embargo, en la lógica acelerada de la era digital, ha comenzado a reducirse a exposición, viralidad y rendimiento algorítmico.
Plataformas como TikTok, Instagram y Facebook han democratizado la producción de contenido: hoy todos podemos informar. Pero no siempre asumimos la ética que implica hacerlo.
El fenómeno no es nuevo en la psicología social. El llamado “efecto espectador” explica cómo, ante una emergencia, la responsabilidad se diluye cuando hay muchas personas presentes. En el entorno digital, esa dilución se amplifica: miles observan, comparten y comentan, pero la acción concreta se vuelve secundaria. La cámara sustituye a la mano extendida.
Aquí emerge la pregunta crucial: ¿en qué momento documentar reemplazó ayudar?
Cuando grabamos una tragedia sin intervenir, ¿estamos informando o estamos participando en la espectacularización del dolor? La frontera es frágil.
La comunicación puede dignificar o puede deshumanizar. Puede generar conciencia o puede convertir el sufrimiento en contenido consumible.
La mutación ética que vivimos no es tecnológica, es cultural. Hemos aprendido que estar presentes significa registrar. Que participar significa publicar. Que validar una experiencia es hacerla viral. En ese proceso, la identidad digital ha comenzado a pesar más que la responsabilidad ciudadana.
No se trata de condenar el uso del teléfono móvil ni de negar el valor del registro audiovisual como herramienta de denuncia. Muchas injusticias han salido a la luz gracias a ciudadanos que grabaron hechos que, de otro modo, habrían permanecido ocultos. Pero la diferencia radica en la intención y en la prioridad: ¿grabamos para proteger o para acumular visualizaciones?.
Como sociedad necesitamos replantear el sentido de la comunicación. Si comunicar es construir realidad, entonces cada video difundido también construye cultura. Y la cultura que estamos edificando dirá mucho de quiénes somos: ¿una comunidad solidaria o una audiencia permanente?.
La ética digital no puede ser un apéndice opcional en tiempos de hiperconectividad. Debe convertirse en competencia básica, tan esencial como saber leer o escribir. Porque hoy no solo consumimos información; la producimos, la amplificamos y la legitimamos.
Quizás el verdadero acto comunicativo no siempre sea grabar, sino intervenir. No siempre sea publicar, sino proteger. No siempre sea comentar, sino acompañar.
La tecnología no nos convirtió en espectadores. Nos ofreció herramientas. La decisión de usarlas con responsabilidad sigue siendo profundamente humana.
Tal vez la transformación que necesitamos no sea digital, sino moral: recordar que antes de ser generadores de contenido, somos ciudadanos. Y que la comunicación, cuando es auténtica, comienza no con un clic, sino con un gesto de empatía.
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Massiel Reyes Lecont
La autora es conferencista y maestra de ceremonias. Posee múltiples maestrías en Manejo de Personal, Relaciones Públicas y actualmente, es doctoranda en Comunicación.