Danilo: año y medio de gestión
Cuando el licenciado Danilo Medina fue proclamado Presidente Constitucional 2012-2016, uno de sus primeros actos fue dirigirse a la tumba en la que yacen los restos mortales del profesor Juan Bosch y pedir, como un ruego, no dejarse seducir por la arrogancia del Poder. No son sus palabras exactas, sino una interpretación.
Hace una semana, le vimos responder, tras un largo silencio, las falacias de una feroz campaña nacional e internacional en la que se ha pretendido lanzar fango al honor y la dignidad de la República Dominicana.
La entereza y el vigor de su exposición en defensa de los programas migratorios y de la soberanía nacional le han ganado el reconocimiento de los dominicanos y de los jefes de Estado participantes en la Cumbre de Estados Latinoamericanos que le aplaudieron calurosamente.
Medina, como Balaguer y Fernández, ha sabido tomarse su tiempo. Ha escogido el momento y el lugar para actuar, tal y como aconseja Sun Tzu en “El arte de la guerra”. Es un tecnócrata y un administrador, pero no ha olvidado el consejo de los entendidos.
Quiera Dios que en su mente y su corazón, a año y medio de gobierno, aún posean vigencia las palabras que pronunció frente a la tumba de Bosch. La revisión del vicioso contrato con la Barrick Gold, su declaración de que no había ido a la posición para enriquecer a ciertos sectores, permite una aproximación a sus convicciones íntimas.
Hay que atribuirle la designación de veedores para transparentar las compras oficiales, ofrecer oportunidades a ingenieros marginados, enfrentar en su raíz el problema energético y sus monstruosos intereses y abrir el crédito a sectores que nunca fueron tomados en cuenta.
Los préstamos a las pequeñas empresas permanecen en la incertidumbre. Son notables los esfuerzos en el área educativa. Y la evidente compasión en el empeño por rescatar los residentes en La Barquita.
Es de esperarse, en este contexto, que el presidente observe la crispación de la ciudadanía ante el insoportable costo de la vida, la sensación de indefensión ante el acoso del crimen y el rechazo a la deficiente actitud sancionadora de los tribunales, aunque no sea directamente de su competencia.
La burocracia oficial sigue siendo una perturbación, así como la grosera voracidad de los recaudadores impositivos. La corrupción de todos los tiempos luce protegida por una irritante impunidad.
La ciudadanía espera serenidad, pero energía ante las provocaciones solapadas, que las hay, del conflictivo vecino del oeste. Y que, antes de cerrar cualquier acuerdo, se piense que son los sectores más empobrecidos quienes sufren la presencia incontrolable de extranjeros ilegales que les roban sus ya limitadas posibilidades de existencia.