Síntomas de un mal de fondo. La principal causa de muerte en el país son los accidentes de tránsito, resultado trágico de la violencia con que se conduce en las vías públicas. Rara vez alguien se detiene para ceder el paso y a veces, hay conductores que se sienten satisfechos cuando le bloquean el paso al otro.
En mayo pasado nos acercamos más al salvajismo, porque la cantidad de feminicidios rompió récord. Crimen atroz que se ceba en la indefensión del ser más digno de ser amado, la más hermosa de todas las obras maestras de la naturaleza. Casi siempre, el asesino de una mujer, también ejerce violencia contra sí mismo y se suicida.
Un policía, que llevaba el lema: “Proteger y servir”, sin que mediara amenaza alguna contra su vida, saca su revólver y con una frialdad espantosa, le dispara a un muchacho desarmado y lo mata a mansalva.
“Animales” así merecen la pena más severa. Pero al mismo tiempo hay que pasarle juicio a la sociedad, a los hogares descompuestos que lo engendran y lo mandan a la calle.
Sociedad esencialmente violenta por lo injusta, excluyente, negadora de oportunidades, basada en el interés individual y en la que se ahogan los mejores valores en las aguas heladas del cálculo egoísta. Lo peor, gana fuerza la tendencia a la resignación, la indiferencia, la insensibilidad, ante la avalancha de formas y medios por los que se cultiva la violencia y que parece imposible hacerle frente.
Si se admiten como cosas corrientes el que cualquiera se instale en un canal, de rienda suelta a su grosería y su mala educación y empiece a desahogar sus traumas y amarguras, con lanzar improperios e insultar la decencia y el pudor públicos, sin miramiento alguno, convencido de que eso le da audiencia, fama y hasta poder. Si se aplaude el baile indecente, las canciones con letras que invitan al desenfreno sexual, la drogadicción, el alcoholismo, el feminicidio. Sin que se note la labor de formación en virtudes y valores, que enfrente la cultura de lo estrafalario que, a fin de cuentas, es el abono subjetivo sobre el que crece la violencia.
Los valores de toda sociedad son los valores que imponen las clases dominantes. Todos tenemos deberes, pero aquí hay una oligarquía dominante sobre la cual recae la mayor responsabilidad. Que la cumpla, o habrá que reeditar la leyenda de Cristo, ejerciendo una violencia necesaria, cuando sacó a latigazos los mercaderes del templo.
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