SANTO DOMINGO.- En las redes sociales se ha vuelto cada vez más común encontrarse con videos en los que objetos propios de la cotidianidad hablan, gesticulan y se dirigen directamente al espectador con un tono cercano y convincente.
La utilización de ese recurso, soportado por aplicaciones de inteligencia artificial, ha explotado especialmente en las redes como Instagram y Tik Tok, donde es más profundo la tendencia a creer cualquier cosa y dudar de las voces que denotan autoridad formal, sin importar el ámbito.
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Se cree más en lo que se le escucha decir a un corazón antropomorfizado por inteligencia artificial que a la opinión de un cardiólogo experimentado, a una pieza de un carro que a un ingeniero automotriz, a una taza hablando sobre infusiones que a un endocrinólogo.

Fenómeno de comunicación
Lo que en un inicio parecía un recurso creativo y humorístico se ha transformado en un fenómeno comunicacional de gran alcance, capaz de influir en la percepción de la realidad de millones de personas que, en muchos casos, otorgan credibilidad plena a mensajes que no siempre son ciertos ni verificables.
Ver a un tomate hablando sobre las supuestas propiedades curativas o alimentarias del tomate gana unos altísimos niveles de credibilidad ante el espectador, aunque en realidad el contenido del mensaje sea elaborado por un lego en la materia y no por un especialista.

Este fenómeno que se ha expandido de manera acelerada en las últimas semanas se conoce como “talking objets”, “talking things”. Se apoya en animaciones digitales creadas mediante herramientas de inteligencia artificial que permiten dotar de voz y movimiento a imágenes estáticas en cuestión de segundos.
A diferencia de los personajes animados tradicionales, estos objetos no pertenecen a mundos de fantasía, sino al entorno inmediato del espectador tales como una taza, una mesa, un brócoli, un vaso, una mesa, un zapato, una pieza del vehículo, una pechuga de pollo, un trozo de carne, una pimienta o una hoja de lechuga, las cuales emulan rasgos humanos para hablarte de forma autoritaria y convincente.

Público crédulo
Parecen neutrales, inofensivos y ajenos a cualquier agenda, lo que reduce las defensas críticas del público y facilita la aceptación del mensaje.
Lo más trascendente del fenómeno es que la mayoría de la gente le da credibilidad casi absoluta al mensaje, como si se tratara de un predicamento científico, sin importar que no se citen fuentes o estudios.
Su origen está vinculado tanto al avance acelerado de la inteligencia artificial generativa como a la lógica de las plataformas digitales, que privilegian contenidos breves, emocionales y altamente compartibles.
Un ejemplo recurrente es el de videos donde una fruta “advierte” sobre alimentos que supuestamente causan enfermedades graves, o una botella “revela” conspiraciones sobre el agua potable, con afirmaciones que no cuentan con respaldo científico.
El objeto habla con seguridad, usa un lenguaje coloquial y parece no tener intereses, lo que refuerza la sensación de veracidad.
Elementos de la credibilidad
El uso de la voz humana tiene un efecto poderoso en la percepción del mensaje porque transmite intención, emoción y autoridad.
El objeto no discute ni confronta; simplemente “explica”, lo que transmite una falsa sensación de neutralidad. Además, el lenguaje utilizado suele ser sencillo y directo, diseñado para provocar empatía o indignación en pocos segundos, en un entorno donde la emoción pesa más que el análisis.
La estética atractiva, el tono cercano y la aparente inocencia del objeto hacen que muchas personas compartan estos videos sin verificar la información. Así, se propagan datos falsos o distorsionados con una eficacia mayor que la desinformación tradicional. No se trata de una mentira evidente, sino de una narrativa cuidadosamente presentada para parecer confiable.
Durante décadas, la credibilidad se asociaba a la autoridad de quien hablaba ya fuera un experto, un medio reconocido, una institución. Hoy, en muchos casos, la confianza se deposita en aquello que resulta simpático, cercano o emocionalmente convincente. Se cree no porque el mensaje esté bien fundamentado, sino porque “me lo explicó algo que me cayó bien”.
La credibilidad sobre arena
Esa lógica afecta al periodismo, la educación, la política e incluso la vivencia de la fe, donde el discernimiento es sustituido por la inmediatez emocional.
Entre los casos más frecuentes de información no verificada que circulan bajo este formato destacan los videos en los que frutas y alimentos “hablan” sobre supuestas propiedades curativas.

Es común ver una piña que asegura “limpiar el hígado”, un limón que afirma “alcalinizar la sangre y eliminar células cancerígenas”, o un aguacate que promete “curar la diabetes” con solo incorporarlo a la dieta diaria. Estas afirmaciones, presentadas con un lenguaje seguro y accesible, carecen de respaldo científico y, en algunos casos, contradicen directamente consensos médicos ampliamente establecidos.
También circulan contenidos donde una manzana, una zanahoria o un ajo animado recomiendan remedios caseros para sustituir tratamientos médicos formales. En algunos videos, estos objetos aseguran que infusiones, combinaciones de alimentos o ayunos específicos pueden reemplazar medicamentos para la hipertensión, la depresión o enfermedades crónicas.
La peligrosidad de estos mensajes radica en que no se presentan como opiniones, sino como “verdades simples que nadie te quiere decir”, una fórmula narrativa que refuerza la desconfianza hacia la medicina y las instituciones de salud.
Otro ejemplo recurrente es el de bebidas o recipientes que “denuncian” supuestos peligros ocultos. Botellas de agua que hablan sobre toxinas imaginarias, tazas que alertan contra el café como causa directa de múltiples enfermedades, o envases de plástico que exageran riesgos sin contexto ni evidencia, mezclando datos reales con conclusiones falsas.
El espectador promedio, enfrentado a un mensaje breve y emocional, difícilmente distingue entre información parcial y desinformación abierta.
Todos estos casos tienen en común que son mensajes sin fuente identificable, sin referencias verificables y sin advertencias claras, transmitidos por un objeto que parece cercano, simpático y neutral.