Cuando la comida une: el encuentro que llevó sabor dominicano a Oklahoma
Desde su cocina, Macier Pérez lleva un pedazo de República Dominicana a quienes más lo necesitan
Oklahoma.– La vida de un inmigrante no es fácil, sobre todo cuando estas en un lugar donde hay una marcada ausencia de tu comunidad y cultura. Emilia lo ha sentido en carne propia.
Durante cinco años viviendo en Oklahoma, ella había aprendido a reconocer algo con claridad: encontrar a otro dominicano no era común. No es como en otros estados donde la diáspora se siente en cada esquina.
Y es que, aquí, la identidad dominicana aparece a cuentagotas, casi como un golpe de suerte.
Por eso, cuando finalmente Emilia conoció a una dominicana, la primera en todo ese tiempo, sintió que algo se acomodaba en su vida. Esa tarde estaban en su casa, conversando, entre tazas de café, compartiendo historias que solo alguien de República Dominicana entiende sin mucha explicación. Envueltas en esa familiaridad inmediata que tienen los que comparten raíces, aunque nunca se hayan visto antes.
Entonces, su hijo, David, interrumpió la conversación con una pregunta que cambiaría el rumbo de la tarde:
—Oigan, ¿quieren salir a conocer a una dominicana?
Se miraron extrañadas y casi sin pensarlo exclamaron: ¡¿dominicana?!
David siguió diciendo: sí, ella vende comida, me vino a traer un sancocho y unas empanadas, añadió.
No hizo falta decir más. Dejaron la conversación a medias y salieron.
Porque en Oklahoma, eso no pasa todos los días.
Segundos después, estaban frente a ella. Y sí, la emoción fue inmediata. Como si de pronto ese pedazo de isla que parecía tan lejano se materializara ahí mismo, en medio de calles ajenas. Empezaron a hablar sin protocolo, sin distancia, como si se conocieran de toda la vida.

La conversación duró unos diez minutos, pero se sintió como mucho más.
Les contó que se llamaba Macier Pérez, oriunda de Sabana Grande de Palenque, un municipio de la provincia San Cristóbal, que había llegado a los siete años desde la República Dominicana a Florida. Añadioʻ que, en el 2016, tras un diagnóstico de demencia de su mamá, se mudó a la ciudad de New York.
Y hace dos años, cuenta Macier, llegó junto a su mamá y hermana a Goldsby, Oklahoma, para estar junto a su hermano, quien ya estaba instalado allí con su negocio. “¡Yo vine a traer lo que le hacía faltaba a Oklahoma, el sabor de la comida dominicana”!, exclamoʻ.
¿Cómo nace la idea de vender comida dominicana en Oklahoma?
“Cuando llegué, me hacía mucha falta la comida de mi país. Aquí solo veía tacos, a mí me gusta la comida mexicana, pero vamos a estar claros, nada se compara con ese sazón dominicano”. Así que, con el apoyo de mi familia dije: me voy a arriesgar.
Empezó cocinando desde su casa, haciendo entregas a domicilio, buscando abrirse puertas, tarea nada fácil, pero no imposible, en un lugar donde casi nadie tiene la fortuna de conocer esos sabores.
Hablaba con determinación, con esa fortaleza y entereza propia de la mujer dominicana, pero también con esa mezcla de nostalgia y esperanza que acompaña a quienes emigran más de una vez.

Su proyecto tiene nombre, el cual no podía ser más significativo, dice mientras muestra orgullosa su camiseta con un estampado tricolor: La Tambora. Y mientras lo decía, no hablaba solo de comida. Hablaba de futuro.
De su sueño de abrir un restaurante. Un lugar fijo. Un punto de encuentro para sus compatriotas. Un espacio donde otros, como Emilia y su amiga, no tengan que esperar cinco años para encontrar un pedazo de su cultura, de su gente.

Ellas, sin pensarlo dos veces, les pidieron su contacto. La emoción seguía ahí, intacta. No era solo haber conocido a otra dominicana, era haber encontrado, por fin un lugar, aunque aún no tenga paredes, se sienta como volver a casa a través de un plato.
Porque a veces, en ciudades donde no existe una comunidad fuerte de dominicanos, basta con una cocina, una historia y un nombre — La Tambora— para recordarnos con añoranzas quiénes somos.

