Cuando el fuego del artificio no arde lo suficiente

El periodista Ricardo Vega
Ricardo Vega

La apariencia es el contrato de alquiler, pero la personalidad y el resto de cualidades son los que harán que nos quedemos a vivir en una propiedad.

La primera impresión es la que vale. Desde siempre los sistemas de creencias nos lo han enrostrado como verdad irrefutable.

El aspecto y la belleza son la tarjeta de presentación. Y su cotización se ha ido acrecentando en tiempos de redes sociales. O más bien de aprobación social.

Y es cierto, el aspecto físico y la belleza -sex appeal- pueden ser poderosas carnadas para pescar atracción, pero no son razones suficientes, ni siquiera para generar interés en el mundo del erotismo.

Sin embargo, si detrás de ese envoltorio no hay valores que se puedan admirar, de una relación verdadera solo quedarán las cenizas.

Lo que pesa es ese equilibrio donde la personalidad acaba ocupando cada vez más porcentaje en la atracción. Una mente brillante o un sentido del humor afilado pueden hacer la diferencia.

Generalmente las parejas consolidadas y con años de trayectoria lo que les gusta o seduce del otro no es a cualidad física, sino más bien rasgos del carácter.

La seguridad en si mismo (no la arrogancia), la autoestima sana y la autenticidad son cualidades que recubren a la persona de un brillo especial.

De ahí que los expertos en matchmaking y los coachs de seducción siempre aconsejen que, para encontrar una buena pareja, lo primero que tenemos que hacer es no necesitarla, o no buscarla desde la carencia.

No existe nada más atractivo que una persona que tiene su propio mundo, que brilla haciendo lo que le gusta y que se nota en cómo habla de sus proyectos o aficiones sin necesitar que nadie venga a completarla.

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