Cuando caiga el régimen cubano

Nassef Perdomo Cordero
Nassef Perdomo Cordero, abogado.

Casi siete décadas después de su victoria, la mal llamada Revolución Cubana parece vivir sus últimos meses. Nacida en la agonía de una dictadura, prometió libertad y no hizo otra cosa que prolongar el sufrimiento de un pueblo digno de mejor suerte.

Es difícil hablar de la Revolución, porque las críticas pueden ser tomadas como censura a quienes vieron en ella la esperanza de un mejor futuro por el cual valía la pena ofrendar la vida. No deben confundirse las cosas, porque parte de las malas artes de los dictadores es su capacidad para hipnotizar a personas más desprendidas que ellos.

Es normal también que el experimento cubano se convirtiera en referente de una Latinoamérica que sólo percibía los excesos del poder estadounidense, pero no podía ser testigo de la plomiza realidad del mundo detrás de la Cortina de Hierro. La Guerra Fría convirtió a la Revolución Cubana en un faro engañoso que hizo naufragar a cientos de miles de latinoamericanos cuyo único pecado fue depositar su confianza en quienes no la merecían.

La realidad, lejos de la imagen heroica, es que el pueblo cubano se vio privado de su libertad y aún hoy no la recobra. El embargo, excusa eterna, ha sido también elemento justificador de la represión y la falta de democracia.

El modelo económico de la Revolución dependió siempre de que adversarios políticos de los Estados Unidos quisieran pagar las luces del escaparate en los que exhibían sus propias quimeras. Mientras tanto, al pueblo cubano, libre sólo en los eslóganes, no se le permite elegir su propio destino a la vez que sus opresores se esconden detrás de la autodeterminación usurpada.

La caída de la Revolución septuagenaria no llegará por el escenario internacional del momento, sino porque ha sido, durante toda su existencia, una promesa incumplida, el secuestro de la ilusión de un continente. Nadie que valore la democracia deberá lamentar su final, los cubanos no están obligados a pagar con su libertad la obstinación de otros.

Sí debe haber espacio para llorar y conmemorar todos los sacrificios de quienes creyeron en un mundo mejor para todos. Su convicción, su esfuerzo, su compromiso siguen siendo referente. La momia revolucionaria no puede apagar esa luz, como no pudo apagar la del pueblo cubano.