Crónica de Nueva York
A las cuatro y quince de la madrugada me coloco en la ventana. Llevaba unos días en sus espacios y, deprisa, redescubro mentalmente Nueva York.
La noche se consumía de frío en su grado cero de tristeza y soledad. Un clamor se escuchaba en la gran urbe a una sola enorme voz: “I can’t breathe!” (No puedo respirar!), última frase que exhaló el afroamericano de 44 años Eric Garner, al morir por asfixia a manos de un policía blanco en julio pasado.
Un jurado de Staten Island declaró inocente al policía homicida, sumándose a otros casos recientes de agentes que han asesinado a mansalva a ciudadanos afroamericanos y quedan impunemente absueltos, como el caso de Michael Brown, de 18 años, en Ferguson.
Medito a veinte pisos de altura, en el lado este de la medianía de la ciudad. Una fiesta de ruidosos camiones, cláxones urgentes, desesperados aullidos mecánicos de bomberos, policías, ambulancias, sirenas atragantadas como quien busca arrullo en la mar procelosa del desconsuelo.
El invierno clava en sus maderos, con alevines de acero, los brazos del centinela del almacén de Walgreens. La tetera me contempla.
La estufa congelada de estupor. No atinan mis sentidos a leer la gramática de la calefacción. El paisaje se tiñe de oscuro en las aceras. Hay luces en los altos edificios que insinúan El grito de Munch, apretado en silencio; una congoja ebria de un personaje mudo de Hopper o un talvez, un sordo quejido de la duda.
Un bullicio infernal, un jolgorio de taxis amarillos, autobuses repletos de impiedad, patanas cargadas de hinchada soberbia, pena, insomnio y velocidad. Leo a Juan Carlos Mestre y a mitad del recorrido por “La casa roja” descubro un poema titulado “Carpe Diem”, página noventicinco, cargado de Lambrusco, calcetines de Pascua, lupa en la biblioteca, un motel de metáforas, tristeza, desencuentro, jaculatorias mustias de terror en las palabras.
Entre la muchedumbre lorquina que vomita desaliento, rumbo sórdido Uptown, Soraya y yo subimos al tren Uno, en la estación Columbus Circle, sur de Central Park. El invierno, que aún no llega, condensa el olor a alquitrán y el chirrido de los rieles se acelera en el mítico metro de Nueva York. “I can’t breathe!”, “I can’t breathe!” grita la muchedumbre que protesta pacífica en Union Square, Time Square, Central Park, Herald Square, Columbia University y Estación Central, además de calles palpitantes en Miami, Washington, Chicago y otras ciudades del país que dio a luz a Walt Whitman, el gran poeta de la democracia, la tolerancia y la esperanza americanas. ¿Utopía o distopía? Ahora es noche delirante, bajo un terco cielo gris.
Los turistas urgentes se desplazan, multitudes de rostros sonreídos, bajo una lluvia intensa y tres grados centígrados fustigándoles la piel.
Los enfermos desahuciados, los pobres sin hogar, los hambrientos inmigrantes, los refugiados víctimas de la lujuria armamentista que se hielan la sangre de pie ante las vitrinas de Saks Fifth Avenue, Macy’s, McDonalds y Starbucks; los olvidados del sistema, que el sistema no encuentra cómo eliminar.
Otro día amanece y es el mismo de ayer, el de siempre que vendrá, en la desembocadura del espanto y la ignominia. Una voz ronca grita el desasosiego de los mendicantes.
Una voz estremecida, esa que perdió el Rey de Harlem en la sintaxis moribunda de una escena lorquiana en Nueva York. Esta crónica brota de un desliz de Maeve Brennan y de un estornudo de Paul Auster, cuyo estallido ha empañado el brillo de la Ciudad de cristal. La alegría habita en otras palabras y otro es el lugar. “I can’t breathe!”.
