Con que maldito idioma…
Qué bochornoso el episodio en el que, en un sorprendente alarde de humor negro, ante sus presidentes invitados, el presidente Donald Trump menospreció con prepotencia el idioma español.
Y si odioso fue ese gesto humillante, qué penosa resultó la complacencia de los presidentes invitados, que rieron a carcajadas, y celebraron como un chiste el atropello inferido por su anfitrión al idioma de los países de donde la mayor parte de esos invitados procedía. Como el sándalo, el árbol poético aquel que perfuma el hacha con que el leñador lo hiere.
Qué pena, que no apareció una sola voz que defendiera la identidad de su patria y le dijera al señor Trump, en castellano, que no hay idioma maldito, que la lengua, el inglés incluido, es uno de los atributos esenciales de toda nación; uno de los más importantes elementos de cohesión y parte de la identidad emocional y cultural de un pueblo. Debieron recordar el ejemplo de Puerto Rico, que aún colonizado por Estados Unidos desde hace más de cien años, ha peleado cívicamente y mantenido su idioma como lengua oficial, a pesar del intento de sus colonizadores por imponerle la suya.
El español, idioma hablado por cerca de seiscientos millones de personas en todo el mundo, lengua oficial de más de veinte países, el más usado como segunda lengua en todo el mundo, nos da razones de sobra para sentirnos orgullosos de ser sus hablantes.
El idioma en el que escribió García Márquez, cantó Atahualpa Yupanqui, habló Facundo Cabral y en el cual Cervantes escribió el Quijote, obra inmortal de la literatura universal; en el que escribió su carta de amor a Dulcinea; los consejos que le dio a Sancho cuando iba este a gobernar la ínsula; en el que pronunció su célebre discurso sobre las letras y las armas y en el que redactó páginas tan románticas que, a más de cuatrocientos años de distancia sirven de inspiración a algún Garibaldi enamorado para reiterar sus protestas de amor a un ser querido.
“Maldita lengua”, le llama Trump al español, sin ningún temor a la enmienda merecida. Javier Miley lleva menos de tres años en el poder y ya ha dado quince viajes a Washington, un viaje cada mes y medio aproximadamente. Todo un delibery estrafalario. Cuando la era de lo estrafalario pase y el mundo vuelva a girar en dirección correcta, gobernantes como ese y como Trump, quedarán tan solo como recuerdos ingratos de estos tiempos que corren.
