Después de tanta violencia interna, Colombia necesita paz. La paz civil sobre bases justas y la paz en el campo internacional. Un estadista, Gustavo Petro, supo entenderlo, impulsó su plan de la Paz Total, y mantuvo una actitud correcta y digna en las relaciones internacionales. Denunció a los promotores de la guerra, respaldó la causa palestina, por ejemplo, pero con la lucidez y la responsabilidad suficientes como para saber reunirse en pie de igualdad con Donald Trump en la Casa Blanca.
Ahora, con Abelardo de la Espriella, Colombia abandona su antiguo rol de paz y está encadenando su suerte al carro de la agresión y la guerra, con una repugnante y peligrosa sumisión a Estados Unidos e Israel.
Desde antes de su ascenso, ya De la Espriella levantaba como símbolo la bandera de Israel, que es el actual dios de la guerra, junto a Trump. Ciudadano norteamericano, militante confeso del Partido Republicano, De la Espriella dijo que para rearmar a Colombia hará una costosa compra de armas modernas a Israel, se juramentó en una instalación militar, y se le ve a diario haciendo el saludo militar, muy mal hecho por cierto, como cualquier recluta.
Ya reconoció la soberanía de Israel sobre los altos del Golán, territorio de Siria que Israel ha ocupado por la fuerza desde 1967, más la zona desmilitarizada y los catorce kilómetros arrebatados recientemente a ese país. Acaba de reconocer la soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental, parte de la nación saharawi, defendida heroicamente por el Frente Polisario. Ha empeorado así las relaciones con los países árabes.
Ha dicho que participará junto a Trump en la persecución del narcotráfico internacional, pero un reportaje reciente del New York Times dice que De la Espriella ha sido un abogado de grandes narcotraficantes, y que, aunque no fue acusado, estuvo bajo investigación de autoridades norteamericanas, sospechoso de estar vinculado al negocio sucio de las drogas.
Ese presidente cuestionado, coloca a Colombia junto a los promotores de la agresión y el genocidio. Ya hubo un penoso antecedente histórico, cuando, durante la guerra de Corea, Colombia envió sus soldados a matar y a morir a ese país asiático. Hoy sus aparatos militares, de inteligencia y tecnológicos están en manos de Israel y Estados Unidos. Colombia es, además, parte de la OTAN. Estos factores y un presidente desaforado, desmedido y sin equilibrio, hacen temer lo peor. Confiemos en que las fuerzas populares colombianas organicen la resistencia debida y sepan neutralizar esa amenaza.
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