Cobrar bien antes de cobrar más

Víctor Féliz Solano
Víctor Féliz Solano

En muchos ayuntamientos, el cobro de arbitrios sigue funcionando como una práctica artesanal. Hay registros manuales, procesos poco claros, escasa trazabilidad y casi ningún control cruzado.

Ese ambiente de desorden no es inocente. Facilita la evasión, alimenta la discrecionalidad y abre espacio a la corrupción. Cuando el contribuyente percibe que el sistema es injusto o improvisado, el incumplimiento deja de ser un hecho aislado y se convierte en una conducta recurrente.

Sin embargo, el problema no es únicamente técnico. También es cultural. En buena parte del país no existe una cultura ciudadana de pago de arbitrios porque durante años no se ha explicado lo esencial. La gente no ha recibido una narrativa simple y constante sobre por qué se cobra, para qué se cobra y cómo se utiliza ese dinero. Si el tributo no tiene sentido para el ciudadano, se interpreta como castigo. Y si además no se ven resultados, se interpreta como abuso.

Por eso, antes de hablar de nuevos incentivos, el ayuntamiento debe recuperar un activo que hoy está en déficit, la confianza. Y la confianza no se decreta. Se construye con coherencia diaria. Se construye cuando el ciudadano siente que el municipio cobra con justicia, gasta con prudencia e informa con claridad.
Cobrar con justicia significa reglas simples y visibles.

Quién paga, cuánto paga, cuándo paga y qué ocurre si no paga. Significa eliminar arbitrariedades, estandarizar procedimientos y cerrar las puertas traseras del sistema. También implica modernizar la operación. Digitalizar pagos, automatizar registros, emitir recibos verificables y asegurar auditoría interna con controles cruzados entre tesorería, recaudación, catastro y áreas de servicios. Cuando existe trazabilidad, la discrecionalidad se reduce. Cuando hay control, la corrupción pierde oxígeno.

Gastar con prudencia es hacer que el dinero se note donde la gente lo toca. Limpieza, iluminación, parques, aceras y orden. No se trata de prometer megaproyectos. Se trata de demostrar consistencia en lo cotidiano. El contribuyente no exige perfección, exige coherencia. Quiere comprobar que su aporte no se diluye en gastos opacos, improvisados o políticamente selectivos.

Informar con claridad exige romper el silencio institucional. Un ayuntamiento que cobra pero no rinde cuentas pierde autoridad moral para exigir cumplimiento. La rendición de cuentas no debe ser un acto anual con cifras incomprensibles.

Debe ser una práctica permanente. Reportes trimestrales sencillos, tableros públicos de recaudación y gasto, información por sectores y proyectos financiados con arbitrios que muestren resultados medibles. Cuando la ciudadanía ve el ciclo completo, desde el cobro hasta la inversión y sus efectos, el pago deja de sentirse como imposición y empieza a percibirse como corresponsabilidad.

Solo después de ese ordenamiento institucional, los incentivos tienen sentido. Descuentos por pronto pago, facilidades para acuerdos de pago, reconocimiento público a contribuyentes cumplidores, convenios con comercios locales y mecanismos de alivio para sectores vulnerables. Pero conviene decirlo sin rodeos. Los incentivos no sustituyen el orden. Son la recompensa de un sistema creíble.

La estrategia debe incluir campañas de sensibilización sostenidas, no eslóganes de temporada. Y debe apoyarse en aliados naturales del territorio, juntas de vecinos, organizaciones comunitarias, centros educativos, líderes sociales y sectores empresariales. Además, es clave institucionalizar políticas tributarias claras y permanentes, de manera que el ciudadano aprenda a confiar en la norma y no en la voluntad del funcionario de turno.

En definitiva, no se puede exigir cultura de pago en un sistema que no tiene cultura de gestión. El camino es simple aunque exige carácter. Ordenar el cobro, blindar la trazabilidad y eliminar la discrecionalidad.