Clase media, pequeños empresarios y cargas fiscales

Roberto Marcallé Abreu
Roberto Marcallé Abreu

Días atrás, uno de nuestros economistas hizo un cálculo bastante sorprendente sobre la “presión fiscal” a la que está sometida una familia de clase media con ingresos que oscilan entre los noventa y los ciento diez mil pesos mensuales.

Entre los pagos del impuesto sobre la renta, la energía eléctrica, el colegio, los alimentos, el apartamento y otros, cerca de un cuarenta por ciento del total va de manera directa a engrosar las arcas del Estado.

Esa familia se ve obligada a incurrir en un déficit mensual que oscila entre un diez y un quince por ciento de sus gastos.

No creo que, en general, nadie se oponga a cumplir con sus obligaciones fiscales. De ahí a aceptar resignados una actitud suicida, hay mucha distancia.

Tomemos en cuenta –un tópico que se menciona bastante- lo que el ciudadano recibe a cambio de los dineros que le descuentan. Bastaría con observar cualquiera de nuestros programas de noticias para escuchar las numerosas protestas de comunidades y barrios abandonados a su suerte debido a problemas elementales que se pueden corregir con alguna atención y muy poco dinero.

Peor, aún, es lo que tiene que ver con la responsabilidad del Estado en lo relativo a la seguridad ciudadana, el servicio de energía eléctrica, el mantenimiento de las calles, el costo de la vida, el caos del tránsito, los servicios hospitalarios, la calidad de la enseñanza, el incierto manejo de la justicia, la sobrevaluación en los costos de obras públicas, el negocio, al parecer incontrolable, de medicamentos falsificados, para solo citar algunos de nuestros males irresueltos.

El hecho es que la clase media, debido a estas razones, es un grupo social en bancarrota. Sus integrantes tienen dificultades para comprar alimentos, pagar el combustible de sus vehículos, la cuota del apartamento, capital e intereses de la tarjeta de crédito, los servicios regulares, adquirir medicinas, y hasta para divertirse un poco.

Si no se le quita la terrible presión a que están sometidos, es muy probable que una gran mayoría termine por cerrar sus puertas. Observen en todas partes la proliferación de los letreros “se vende” y “se alquila”.