Cincuenta años de amor a toda prueba

Rafael Chaljub Mejìa
Rafael Chaljub Mejìa

Cincuenta años suman la mitad de un siglo y eso precisamente cumplimos Dulce y yo el pasado dos de febrero de casados.

La reafirmación del cariño de los cuatro hijos y los diez nietos, las visitas, llamadas, mensajes y otras expresiones de felicitación de parientes y amigos resultaron más que suficientes para celebrar ese hecho. Y qué felices nos sentimos todos.

Porque celebrar los cincuenta años de unión matrimonial es una hazaña que solo se logra con amor, del cual vienen la tolerancia y la comprensión para sobrellevarse y para que cada cual acepte al otro tal y como Dios lo hizo, según dijo Sancho Panza.

Nosotros nos casamos muy jóvenes, ella más que yo, y emprendimos la marcha por la senda accidentada de la vida en tiempos difíciles. Apenas había pasado la guerra de abril de 1965. Por causa de mi militancia, lo que la época nos ofreció fueron persecuciones, la vida errante para evadirlas, las separaciones forzadas por la necesidad de sobrevivir en medio de aquel panorama áspero y lúgubre.

Con los cambios en la situación política pudimos empezar a vivir juntos y la vida se hizo más llevadera. Pero fue preciso hacer acopio de responsabilidad para mantener el hogar unido, darle la crianza adecuada a los cuatro hijos, educarlos con el ejemplo vivo del trabajo, la vergüenza y la honradez con que sus padres le han hecho frente a la vida.

En toda esta historia hay una reina y heroína a la cual nadie le discute el trono en que la hemos mantenido. La que le ha dado solidaridad y amor a su compañero, sin dar jamás señales de miedo o de cansancio.

La que por años se multiplicó para cumplir con su jornada laboral, cuidar del hogar y de los hijos que los encuentros esporádicos de la clandestinidad dejaron como fruto, la que ha dirigido la nave del hogar en medio de las olas tormentosas de los tiempos pasados y presentes.

Y con justicia, los dos debemos reconocer el valor inestimable de la solidaridad que la gente del pueblo, los camaradas y los amigos nos han dado. Si me cabe algún mérito es el haberle dado mi corazón a Dulce y a mi familia y haber sido la fuente de un amor que ahora está más fresco que cuando nació allá en los campos de Nagua.