Los recién finalizados Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 nos dejaron muchas razones para sentir orgullo. Nuestros atletas demostraron que República Dominicana tiene talento de sobra. Vimos jóvenes enfrentarse de tú a tú con los mejores de la región y subir al podio llevando nuestra bandera.
Pero detrás de cada medalla existe una historia que pocas veces vemos.
Muchos de nuestros atletas provienen de familias humildes y practican deportes que no generan contratos millonarios ni grandes patrocinios. La propia Comisión de Atletas del Comité Olímpico reconoce que la mayoría procede de sectores de escasos recursos y enfrenta importantes precariedades.
Entrenan durante años mientras estudian o buscan cómo ganarse la vida. Algunos tienen dificultades hasta para costear alimentación, transporte, equipos y suplementos. Sin embargo, cuando llegan las competencias les exigimos medallas como si hubieran contado siempre con condiciones de primer nivel.
Es justo reconocer que para estos juegos el Gobierno realizó una inversión importante en preparación deportiva y estableció incentivos económicos para los medallistas. Pero el apoyo al atleta no puede comenzar meses antes de una competencia ni terminar cuando se apagan las luces del podio.
El deporte debe convertirse en una verdadera política de Estado.
Porque cada muchacho que encuentra una cancha, una pista o un gimnasio es uno menos que puede terminar atrapado por la delincuencia y las drogas. Nuestros atletas ya hicieron su parte.
Compitieron, ganaron y nos hicieron sentir orgullosos.
Ahora nos corresponde construir un país donde para convertirse en campeón no haya que ser primero un sobreviviente.
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