¿Camino hacia el colapso?

Roberto Marcallé Abreu
Roberto Marcallé Abreu

El daño mayor que se le puede hacer a un pueblo y a un país, es el de destruir su fe, su esperanza, sus sueños. Y esto sucede cuando nos sentimos impotentes ante las adversidades.

En los últimos cincuenta y seis años, los dominicanos hemos sido arrastrados a un callejón sin salida. A un presente y un futuro tan inciertos como la más oscura de las noches.

Algunos ejemplos: cuatro señoras asesinadas en veinticuatro horas. En diez meses, ochenta y cinco mujeres han perdido la vida ultimadas por sus excónyuges.

Un joven policía es asesinado a tiros y su esposa resulta gravemente herida para robarles un motor.

El sereno de un Ayuntamiento es ahorcado por delincuentes para sustraer una docena de baterías de un estacionamiento.

Un veterano ultimó a balazos a dos sujetos de cuatro que penetraron a su casa en un intento de robo en casa habitada. En este año ochocientas cincuenta personas han sido asesinadas.

La mitad de estas muertes se produjeron por “conflictos” particulares, muchos de ellos irrelevantes.

En ese mismo lapso de tiempo doscientos sesenta y nueve hombres, mujeres y niños se suicidaron.

Un psiquiatra, el doctor Palacios, destaca “la profunda ira” que evidencia el dominicano en su conducta cotidiana. Y esa rabia, cuyo derivado es la confrontación, la sangre, los crímenes, tiene causas muy específicas: la desesperanza y la frustración, a juicio de un obispo de Santiago.

La vida en República Dominicana ofrece, para el común de los ciudadanos, pocas satisfacciones y mucha desesperación y amargura.

Esta escalofriante realidad parece no conmover a aquellos cuya tarea es contribuir a enfrentar y resolver los asuntos colectivos. Observe los periódicos, la televisión y la radio: es como si poco o nada ocurriera.

Resulta casi imposible encontrar un funcionario que se refiera alarmado a este inconcebible estado de cosas. No, todo está perfecto. Tan perfecto que la encargada del Plan social de la Presidencia solicita mil doscientos millones de pesos “para comprar juguetes” con motivo de la próxima navidad.

Y se habla, con una sonrisa a flor de labios, de “administrar el silencio”.
Objetivamente, el país se está deshaciendo.

Los valores se deslizan por un abismo que parece no tener fondo. Las instituciones, con contadas excepciones, no funcionan, son agencias de empleos o excusas para hacer negocios. Personas ecuánimes afirman preocupadas que “ya hemos tocado fondo”.

La sociedad que agrupa los medios noticiosos expresa su inconformidad por la ausencia de comunicación con los responsables de administrar la cosa pública.

La pregunta es: ¿qué se está haciendo, qué se piensa hacer para enfrentar el caos, el irrespeto a la ley, la ineficiencia, la corrupción rampante, los crímenes y atracos, la absoluta descomposición que nos arropa? No hay respuestas.

Si los dominicanos no asumen y encaran esta deplorable realidad, nada ni nadie podrá salvarnos.

Será el momento del “crujir de dientes” bíblico. Y esto, créase o no, nos va a afectar de manera muy grave a todos. Absolutamente.