Brasil, para volver a crecer, necesita adoptar reformas más polémicas —simplificar el enrevesado código impositivo, por ejemplo, y modernizar leyes laborales de la época de la Segunda Guerra Mundial— que sin duda contrariarán a los poderosos grupos de interés del país.
Y es aquí que reside el riesgo para el presidente Michel Temer, y el país.
Si se estanca la tímida recuperación económica o la investigación Lava Jato llega hasta el Palacio del Planalto, el entusiasmo por las reformas podría disiparse tan rápidamente como los aliados del Gobierno en las buenas.
“La clase política se asustó por la magnitud de la crisis social, económica y judicial que azota el país”, me dijo Christopher Garman, director de análisis de países de Eurasia Group.
“Ellos entienden que en época de escasez de recursos, la única forma de que su maquinaria política sobreviva es que el Gobierno de Temer salga adelante, y los políticos se pusieron de acuerdo”.