El 20 de octubre escribí una columna titulada Dialiteísmo antes de que el secretario de Guerra Hegseth declarara al país y al presidente Abinader como los mayores y mejores aliados de Estados Unidos en el combate al narcotráfico.
Horas tras el espaldarazo de Hegseth, Luis hizo un contemporizador piropo a Alofoke y Trump anunció un perdón absoluto para un expresidente hondureño preso tras ser juzgado por narcotráfico. El cuento vive cambiando aunque la historia sea una. Lo que dije antes fue lo siguiente: Vivimos en un laberinto de espejos con piso de vidrio flotando entre nubes.
Este líquido mundo de la posverdad mestura aleatoriamente contradicciones que impiden aplicar algún criterio moral para distinguir lobos de ovejas. Hay desconcertantes “dialiteísmos”, neologismo del inglés para nombrar afirmaciones ciertas cuyas negaciones son también ciertas.
El secretario de Estado Rubio y el Gobierno de Trump aplauden al presidente Abinader por combatir y contrarrestar al narcotráfico. Y Guido es el más activo vocero gubernamental contra la corrupción.
La interdicción del tráfico internacional y reconocida colaboración con la DEA es uno de los éxitos de Abinader. Pero la estabilidad de precios en los puntos de droga revela que no ha habido escasez. La oposición al PRM resalta que más de una veintena de allegados, financistas, legisladores, funcionarios o sus parientes, del partido oficial, han sido identificados como narcotraficantes.
Pero “olvida” que el Gobierno ha procesado o deportado a casi todos esos imputados.
Muchos peligrosos enredos desafían la lógica, que sostiene que dos ideas opuestas entre sí no pueden ser ambas ciertas en un mismo contexto. El dialiteísmo, distinto a las paradojas cuyas contradicciones aparentes revelan certezas improbables, puede dar jaquecas. Ojalá aquí el partidismo político no enturbie más tanta confusión.