Aunque no sea lo mismo desde Turkía que desde aquí
Me hubiese encantado escribir esto desde Estambul, Turkía, por donde estuve desde mediados de mes en diligencias políticas y desde luego, también de paseo.
Quién puede evitar el hacer un poco de turismo en una ciudad como esa.
Reitero que salí con la decisión de escribir desde allá, porque así podía dármelas de corresponsal viajero, columnista viajero o algo parecido.
Se lo dije al director de EL DÍA, don Rafael Molina Morillo, y el deseo se me sobraba.
Me lo impidió mi incurable torpeza en el manejo de estos instrumentos caprichosos de la tecnología y mi mala intención quedó frustrada.
Quería hacerme aparecer yo mismo como ese personaje con aureola de mundanidad, que hoy está en una parte del mundo y mañana en la otra y que puede echarles vainas a sus lectores contando, así sean inventadas, sus experiencias turísticas.
Fausto Rosario me había recomendado no dejar de visitar el gran mercado de Estambul, el más hermoso del mundo, me decía. Le doy todos los créditos a mi entrañable amigo.
Yo, lo mismo que Dulce, que andaba conmigo, lo que tenemos son las imágenes del mercado de la Duarte arriba y los demás mercados de nuestro país, no salíamos del asombro ante esa obra maestra del género humano.
Un gigantesco colmenar en el cual cada abeja sabe el agujero que le toca, un gentío inmenso, cada quien en lo suyo, sin basura, unos mercaderes que saben vender más que todos los de su especie y una variedad de artículos que rebasan con mucho todo lo imaginable.
Del mercado hablo tan solo para referirme a algo, porque más placentero no pudo ser el viajar una vez más junto al camarada Manuel, el secretario general de mi partido, y su esposa Mirqueya. Dos encantos.
El reencontrarme con camaradas de numerosos países, a algunos de los cuales conozco desde hace más de treinta años, el visitar lugares históricos de un país que conserva sus templos, las tumbas de sus personajes ancestrales, sus tradiciones religiosas, y que al caminar por él se tiene la impresión de que uno recorre los caminos por donde pasó la historia humana hace milenios.
De suerte tal que si no pude satisfacer mi parejería, entonces escribo de mi viaje desde aquí, que a fin de cuentas es donde uno vive y debe echar el pleito.
