Arreglemos el debacle eléctrico

Frederich Bergés
Frederich E. Bergés

Sin dudas el fracaso económico más grande de la última década ha sido la insostenibilidad del sistema eléctrico. Esta calamidad sucede en los tres sectores principales que lo componen: la generación, la transmisión y la distribución, y sólo es viable gracias a las transferencias multimillonarias anuales de recursos financieros hacia el sector.

El país experimenta desde hace más de quince años notables inversiones privadas en la generación eléctrica, apoyadas en el PPA (Power Purchase Agreement): acuerdos gubernamentales de adquisición y pago de energía, vía las distribuidoras estatales, que al ser públicas comprometen la garantía del Estado. Una especie de garantía soberana de pago de la energía producida por el inversionista. A diferencia de los otros dos sectores, el estado ha cumplido con la generación privada lo pactado.

El segundo sector es la transmisión, que con tarifas obsoletas ha sido incapaz de invertir en reponer su desgaste físico ni adaptarse a las nuevas capacidades. La Empresa de Transmisión Eléctrica (ETED), de propiedad estatal, anuncia mejoras, sistemas de almacenamiento de energía y nuevas líneas y subestaciones que siempre quedan en la publicidad pagada no ejecutada.

Del vergonzante sistema de distribución en el norte, sur y este del país hay poco más que agregar a sus crecientes pérdidas, incapacidad de cobro e ineficiencia sin par. Todo un sistema de prebendas públicas administrado hasta por personeros del sector privado haciendo vida de funcionarios públicos que acumulan un fracaso tras otro. Llegan al punto de hasta negarse a comprar energía renovable pactada bajo la excusa de proteger generadores basados en combustibles fósiles.

¿Y si se efectuara una inversión en la transmisión que reduzca sus pérdidas a la mitad? ¿Y si se gestionara con decisión política a las distribuidoras para que bajen al menos un 20 % sus pérdidas? Eso sería como si el país aumentara su capacidad de generación sin mayores costos.

Arreglar, o al menos detener, este debacle eléctrico no es ciencia interplanetaria. Es sentido común, gestión responsable y decisión política. Tres elementos que hasta ahora se han mantenido al margen del creciente hoyo negro que representa el sistema eléctrico nacional.