“Aprendí lenguaje de señas para no perderme el mundo de mi hijo”
- Leivy Marian Ramírez Cruz aprendió para comunicarse con su hijo. Madre. Hoy puede ayudarlo con tareas, conversar sobre sus emociones, apoyarlo en cada etapa.
Santo Domingo.-Para Leivy Marian Ramírez Cruz aprender lengua de señas no fue un proyecto personal ni un objetivo académico: fue una decisión de madre.
Como madre de tres hijos, siempre sintió una profunda preocupación por criarlos con valores, amor y propósito, decisión que la llevó, junto a su esposo, a acercarse a la fe y construir un hogar centrado en principios espirituales.
Sin embargo, la vida le tenía preparado otro aprendizaje: un hijo es sordo.
Códigos familiares
Aunque desde pequeño, Leivy Marian nos cuenta que buscó oportunidades para su desarrollo e integración y por años la comunicación entre ambos se construyó con señas improvisadas, miradas y códigos familiares, “pero entendí que aquello ya no bastaba”. Recuerda: “Sentía que algo faltaba. Quería entenderlo mejor, conocer su mundo y que él también pudiera comprenderme completamente”.
El momento decisivo
Relata que el momento decisivo llegó en la iglesia, pues “cada domingo veía a mi hijo sentado a mi lado, presente físicamente, pero desconectado de todo lo que ocurría a su alrededor. Fue ahí cuando entendí que la lengua de señas no era una opción. Era su idioma”.
Reflexión del cambio
Ramírez Cruz afirma que esa reflexión cambió todo y comenzó a investigar, estudiar y acercarse a la comunidad sorda, “lo hice por necesidad, pero también por amor”.

“Me di cuenta de que, sin querer, estaba limitando a mi propio hijo al no hablar su lengua”. Afirma que ese aprendizaje transformó la relación con su hijo.
“Hoy puedo ayudarlo con tareas escolares, conversar sobre sus emociones, apoyarlo en actividades religiosas y acompañarlo en cada etapa de crecimiento. Poder comprender plenamente a un hijo es uno de los regalos más grandes que puede recibir una madre”.
Rutina familiar
Cuenta que el impacto no quedó solo entre ambos, ya que en la casa, la lengua de señas comenzó a formar parte de la rutina familiar y sus otros hijos aprendieron a comunicarse con su hermano y la convivencia cambió.
Asegura: “Las señas se convirtieron en nuestro lenguaje de amor”.
Fuera del hogar
En la iglesia acompaña constantemente a su hijo interpretando enseñanzas y actividades para que pueda participar plenamente. Uno de los momentos más significativos ocurrió cuando él compartió por primera vez su testimonio frente a una congregación. Concluye: “Aprender lengua de señas no solo cambió nuestra comunicación, cambió nuestra vida”.
Realidad
—Aprenden señas
A través de esta experiencia, Leivy descubrió una realidad que considera urgente visibilizar: muchas familias aún no aprenden la lengua de señas de sus hijos. “Cuando un niño sordo no tiene acceso a su idioma, vive una limitación enorme”.
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