En los últimos días hemos visto cómo los ánimos se han caldeado con protestas, debates, desacuerdos y una sociedad que parece reaccionar con mayor intensidad ante cada nueva decisión o acontecimiento.
Mientras observaba todo eso, una idea no dejaba de dar vueltas en mi cabeza: solemos hablar de la gota que derramó el vaso, pero casi nunca prestamos atención a todas las gotas que lo fueron llenando.
Lo mismo ocurre con los incendios, basta una chispa para que el fuego se propague, pero esa chispa, por sí sola, difícilmente provocaría una tragedia si antes no hubieran existido hojas secas acumuladas, ramas abandonadas o un terreno que nadie atendió a tiempo. En la vida sucede exactamente igual.
Los grandes conflictos rara vez nacen el día en que estallan, se construyen lentamente, casi siempre en silencio porque son el resultado de pequeñas acciones, decisiones postergadas, palabras que nunca se dijeron, promesas incumplidas, gestos de indiferencia y señales que alguien decidió ignorar. Sin darnos cuenta, todos participamos de ese proceso.
Lo hacemos cuando creemos que una falta de respeto ‘no es para tanto’, cuando dejamos pasar una injusticia porque no nos afecta directamente, cuando respondemos con indiferencia al malestar de otro o cuando actuamos convencidos de que nuestras decisiones solo tienen consecuencias para nosotros, pero casi nada de lo que hacemos termina solo en nosotros.
Cada palabra deja una huella, una acción provoca una reacción y toda decisión, por pequeña que parezca, modifica el entorno en el que convivimos.
También ocurre en nuestras relaciones personales: hay amistades que terminan por una conversación que nunca debió ser la última; familias que se distancian por años de silencios acumulados; equipos de trabajo que se rompen después de meses sintiéndose poco valorados; hijos que dejan de hablar porque un día entendieron que nadie los escuchaba.
Y entonces llega esa gota, pero la verdad es que el problema nunca fue esa última gota, lo fue el haber ignorado todas las anteriores.
Nuestras elecciones
Hoy reaccionamos con rapidez, pero reflexionamos poco, nos resulta más sencillo identificar el momento de la explosión que reconocer el largo camino que condujo hasta ella.
Prestamos más atención al desenlace antes que asumir la responsabilidad de las pequeñas omisiones que lo hicieron posible, quizá por eso cada vez nos cuesta más dialogar.
No podemos controlar todas las circunstancias que enfrentaremos, pero sí podemos elegir escuchar antes de reaccionar, corregir antes de que el problema crezca, conversar antes de que el silencio se convierta en distancia y actuar antes de que el descontento encuentre la chispa que lo encienda todo.
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