Amor propio (1-4)
Hace algún tiempo, una tarde de verano, mientras compartíamos un tiempo en el patio, le pregunté a mi hijo Sebastián que quién era la persona que él más quería en el mundo.
Sin detenerse a pensarlo, el pequeño de tan solo tres años de edad respondió: “yo”. Sin estar muy segura de que él sabía lo que me respondía le pregunté: después de a ti, ¿a quién más tú amas mucho? Y el respondió : “a papi y mami”.
Tras varios años aprendiendo sobre autoestima y valores, en especial, sobre los “amor propio”, vi qué tan cierto es que las personas venimos al mundo con cada elemento en el orden en el que se supone debe estar, sin embargo, el medio ambiente en el que nos desenvolvemos en nuestra vida contribuye a que ese orden prevalezca o sea alterado.
Para amar y valorar la vida y todo lo que en ella existe, lo primero que debemos amar y valorar es nuestra persona, nuestra esencia, nuestro origen.
Papá y mamá son esa sombrilla que nos protege y esos brazos que nos sostienen.
El amor y gratitud hacia los padres han de ser saludables para así crecer sanos, aún cuando ya somos adultos e incluso ancianos, porque como dice Sebastián: “tú siempre vas a ser mi mamá aún cuando te mueras”.
Los padres siempre estarán dentro de nuestra genética aún cuando no los hayamos conocido, de ahí que como madre quiero ser tan buena madre como mi propia madre y más aún, tan buena como lo fuera mi abuela, quien ya no está físicamente conmigo, pero sigue estando tan presente como siempre en mi alma y mi corazón.
leídas
