Alerta Condominio

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Víctor Feliz Solano

El próximo gran desafío de la vivienda en nuestro país quizás no sea construir más apartamentos, sino aprender a convivir dentro de ellos.

Durante años hemos celebrado, con razón, el crecimiento del sector construcción, la expansión de la oferta inmobiliaria y la posibilidad de que miles de familias puedan acceder a una vivienda propia. Las ciudades dominicanas han cambiado y la verticalización forma ya parte de nuestra realidad urbana. Donde antes existía una casa hoy encontramos edificios de diez, veinte o treinta familias. En otros casos aparecen grandes complejos residenciales donde conviven cientos de personas que hasta el día de la entrega de sus viviendas eran completas desconocidas. Ahí comienza una realidad de la que todavía hablamos muy poco.

Comprar un apartamento significa adquirir metros cuadrados, parqueos y derechos sobre determinadas áreas comunes. Pero significa igualmente ingresar a una pequeña comunidad donde cada decisión individual puede afectar a los demás.

El ruido de una fiesta, una mascota mal manejada, una reparación realizada sin precaución, una tubería perforada, el uso incorrecto de un parqueo, una cámara instalada apuntando hacia espacios privados, el humo de una cocina, el alquiler de corta duración o la negativa permanente a pagar las cuotas de mantenimiento pueden convertirse rápidamente en conflictos que deterioren la tranquilidad de todo un residencial.

Muchos de estos problemas comienzan pareciendo insignificantes. Después terminan enfrentando vecinos, desgastando administraciones y provocando procesos legales que pudieron evitarse con reglas claras, información y prevención.

Tenemos condominios cada vez más modernos en su infraestructura, pero todavía necesitamos avanzar mucho en la construcción de una verdadera cultura de convivencia.

La realidad es que buena parte de quienes compran hoy un apartamento nunca antes han vivido bajo un régimen de propiedad horizontal. Llegan con la lógica de la vivienda individual. Piensan que detrás de la puerta de su apartamento pueden hacer cualquier cosa porque son propietarios. Sin embargo, en un condominio la propiedad privada convive permanentemente con derechos colectivos. Ese cambio cultural requiere orientación.

También exige reglamentos actualizados. Muchas edificaciones mantienen documentos que fueron preparados únicamente para cumplir con determinados requisitos formales y luego quedan guardados durante años. Mientras tanto, la vida cambia. Aparecen nuevas tecnologías, nuevos modelos de alquiler, vehículos eléctricos, sistemas de vigilancia, mascotas dentro de los apartamentos, trabajos desde casa y modalidades de convivencia que hace veinte años eran poco frecuentes. Las reglas tienen que acompañar esa transformación.

Pero tampoco podemos depositar toda la responsabilidad sobre las juntas de propietarios o las administraciones. El problema comienza mucho antes. Desde el diseño, la promoción y la entrega de un proyecto residencial debe pensarse en cómo funcionará la comunidad que allí vivirá.

Entregar apartamentos debería implicar entregar igualmente criterios básicos de organización, mantenimiento, convivencia y gobernanza. Construir edificios es relativamente rápido. Construir comunidad requiere tiempo, educación, liderazgo y participación.

República Dominicana continuará creciendo verticalmente. Esa tendencia difícilmente se detendrá. Por eso debemos comenzar a mirar el condominio como algo más que una modalidad inmobiliaria. Es una nueva forma de organización social dentro de nuestras ciudades. Y cuando cientos de miles de personas comienzan a compartir paredes, ascensores, parqueos, cisternas, piscinas, pasillos y decisiones comunes, la convivencia deja de ser un asunto privado. Se convierte en un tema de ciudad.

Por eso conviene encender desde ahora la alerta condominio. Porque el verdadero reto que viene quizás no estará en levantar más torres, sino en lograr que quienes vivan dentro de ellas puedan convivir.