Una de las figuras más estudiadas y ponderadas de la antigüedad ha sido Alejandro Magno. El contexto de su vida, las decisiones adoptadas y las consecuencias de las mismas, configuran un marco apto para la discusión, miles de años después. En el presente trabajo, me propongo hurgar en los aprendizajes que nos ofrece esta fascinante, intempestiva y corta vida del hijo de Filipo II de Macedonia y Olimpia de Épiro.
Los episodios que delinearon y construyeron la antigüedad han nutrido de vivencias a la humanidad, pero han dejado, a su vez, una cantera viva de preguntas que no hemos terminado de responder: ¿Qué hace grande a un líder? ¿En qué momento la ambición deja de ser virtud y se convierte en perdición? ¿Puede un conquistador gobernar lo que conquistó? Alejandro Magno concentra todas esas preguntas en una existencia marcada por un ritmo irrefrenable y vertiginoso.
Lecciones de vida
La bibliografía sobre Alejandro es inmensa; por ello, me permito privilegiar el libro de la catedrática Rachel Kousser, llamado “Alejandro en el fin del mundo”. Este se diferencia de otros biógrafos al concentrarse, no en las circunstancias que llevaron a este prodigioso y enérgico joven a asumir el control de Macedonia, si no más bien, en sus últimos años vitales, en la etapa más humana y más compleja de su ser. Esto conduce, al menos trillado de los caminos y, por consiguiente, le confiere al lector otro modo de reflexión sobre este singular personaje.
En el 330 a. C., tras derrotar a Darío III y tomar Persépolis, Alejandro parecía haber alcanzado la cima de su reinado. Pero su ambición era mayor que cualquier mapa o ruta conocida. Decidió continuar hacia el este, persiguiendo un horizonte mítico: el confín del mundo. Esa búsqueda obsesiva de un límite que siempre retrocede y que resulta inacabable es, quizás, la primera gran enseñanza que nos deja la antigüedad a través de su figura más luminosa. El que dirige debe actuar bajo la certeza e implicaciones de sus decisiones; no confundir el horizonte con el destino.
La segunda enseñanza tiene que ver con la pluralidad. El mencionado texto nos convida al análisis de episodios decisivos como la quema de la gran ciudad de Persépolis, la integración de pueblos vencidos en su ejército y su intento de unir Oriente y Occidente. Alejandro comprendió —con rezago y dilación— que no bastaba con vencer.

Había que incorporar. Se hacía necesario escuchar lenguas distintas, respetar dioses ajenos, vestir ropajes que no eran los propios. El mundo antiguo ya sabía que la diversidad no era una amenaza para el poder.
Otro de los aprendizajes versa sobre el desgaste. Alejandro asumió actitudes en detrimento de sus propósitos al intenta avanzar hacia un destino incierto, en medio de monzones, desiertos y cordilleras heladas. La naturaleza misma puso al macedonio ante una verdad que ningún ejército puede refutar: los seres humanos tienen límites físicos, emocionales e institucionales. Un líder que no reconoce ese límite en sus colaboradores, en sus soldados, en su propio cuerpo, termina solo. Y Alejandro, en efecto, fue aminorando compañía y marginándose de los suyos.
La historia de Alejandro se basa en un relato sobre el poder y afán de conquista, pero también sobre adaptación, fracaso y aprendizaje. Un retrato humano y épico de un líder que, buscando los límites del mundo, terminó encontrando los suyos. La grandeza no es la ausencia de límites; es la manera en que alguien se enfrenta a ellos cuando ya no puede negarlos. La antigüedad nos muestra que los imperios construidos sobre la personalidad de un hombre se fracturan cuando ese hombre desaparece. Lo que no tiene raíces institucionales no sobrevive al genio que lo fundó.
El macedonio también nos enseña sobre la lealtad y su aplicación en el quehacer humano. El mundo antiguo sabía que ningún poder se sostiene sin un círculo leal, y que el mismo se administre con rigor y precisión. Alejandro perdió a Hefestión, su más contiguo colaborador. La historia de los grandes líderes de la antigüedad —Alejandro, Julio César, Pericles— es también la historia de sus afectos: del cultivo y sus descuidos. El poder sin afecto es un instrumento frío que eventualmente se vuelve contra quien lo empuña.
Uno de los ejemplos de mayor calado y contundencia es quizás el más difícil y complejo de aceptar: el fracaso como parte constitutiva de toda gran empresa. Los más extraordinarios poemas épicos —la Ilíada, la Odisea— están construidos sobre el dolor, la pérdida y la desmesura castigada. Alejandro fracasó en múltiples frentes: en domesticar su propia ira, en construir una sucesión estable, en encontrar la paz que no estaba en ningún mapa. Y sin embargo, su fracaso fue más fecundo que el éxito de muchos.
Hay una última reflexión que Kousser nos regala en su maravillo texto y se relaciona con la medida de juzgar los tiempos: muy disímiles los episodios de la antigüedad respecto de los contemporáneos. El más nítido de los ejemplos está consignado en el amotinamiento de los soldados de Alejandro en el río Hifasis, negándose a seguir avanzando hacia el este. No entendieron que estaban participando en uno de los episodios más dramáticos de la historia universal. Actuaban por cansancio, dominados por el miedo, y con razón inmediata. La perspectiva es un privilegio de los que vienen después. Quizás por eso la historia sigue siendo necesaria, no para imitar el pasado, sino para comprender mejor el presente y construir una proyección de mayor solvencia hacia el futuro.
Alejandro murió a los treinta y dos años en Babilonia, en junio del 323 a. C., sin haber tocado el confín del mundo que perseguía. Pero dejó ciudades fundadas desde Egipto hasta el Punjab, rutas comerciales que conectaron civilizaciones, un modelo de ambición intelectual y militar que Occidente no ha dejado de citar, en la demostración más acabada de que la antigüedad y sus figuras prominentes, como Alejandro El Grande, no pertenecen al pasado, permanecen como un punto de contraste con nuestro tiempo más actual.
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