La muerte hace sus rondas

Roberto Marcallé Abreu
Roberto Marcallé Abreu

Hoy es 13 de julio. El pasado domingo dieciocho personas perdieron la vida en el tramo carretero Nagua-Samaná y de las que resultaron heridas, muchas morirán. Otras quedarán inutilizadas de por vida.

En el sur, el este y el norte, en vías nuevas y viejas, las muertes por accidentes son consuetudinarias. Igual ocurre en la autovía Santo Domingo-Nagua. La empresa responsable insiste en que la autopista es segura y cuenta con servicios excepcionales.

Años atrás, una situación similar existía con la autopista Las Américas. Una maquinaria que rotulaba la capa de hormigón en las áreas críticas hizo el trabajo y el problema mejoró. ¿Cuál es el origen de tantas muertes? ¿Se trata de la vía, de los controles, las condiciones ambientales o del manejo suicida e imprudente?

Accidentes que se producen en nuestras carreteras y en las diferentes ciudades suman docenas, cientos de personas muertas y heridas. Este fin de semana también le tocó en Santiago a una familia integrada por dos adultos jóvenes y un niño de cinco años. De sábado a domingo más de una docena de vehículos se deslizó hacia barrancos y cañadas o se estrelló con postes del tendido eléctrico o embistió y mató mujeres, hombres e infantes.

Los asesinatos de mujeres, hace tiempo que son una epidemia entre nosotros. ¿Qué se hace al respecto? Los suicidios por razones pasionales o económicas, por enfermedad, por depresión, son tan abundantes como patéticos.

El país es sacudido a cada instante por una criminalidad que, de manera fría y calculada, asesina, despoja, aterra y mancha de sangre calles, hogares y negocios. ¿Qué se hace para controlar los ex presidiarios que ya suman miles, y que nos envían cada mes los Estados Unidos y Europa?

De acuerdo con cifras, más de cien infantes murieron de manera trágica en cerca de dos años por problemas vinculados con su cuidado.

Es una tragedia pavorosa que debería estremecer nuestras conciencias. La cifra de niños y adultos fallecidos en los hospitales públicos y centros médicos privados es considerable. Abundan los decesos por ahogamientos y crímenes callejeros absolutamente irracionales, como el de un joven que por quejarse de un roce vehicular fue ultimado a puñaladas.

Sergio Sarita, un patólogo de incuestionable conducta ciudadana, se queja de que a un elevado número de fallecidos no se les practica autopsia. Dijo que autoridades específicas signaban como accidentes a evidentes crímenes violentos.

Las elevadas cifras de incautación de drogas por lo reiterado ya no son una noticia que llama la atención. La Justicia padece de serios problemas. Un funcionario municipal acusado de la muerte de un regidor, despacha sonriente desde su despacho y ofrece declaraciones sobre las obras que auspicia.

Ya no nos sorprenden las denuncias de personas desaparecidas o los tantos cadáveres encontrados con rastros de violencia en montes y parajes.

¿Cómo deberíamos calificar la situación que vivimos? ¿De difícil, crítica o acaso permanecemos dubitativos en las fronteras del suicidio colectivo?