Una prensa agresiva y cuestionadora
El recién transcurrido ejercicio electoral ha dejado un mal sabor en la mente y el corazón de los dominicanos. Son muchos los cuestionamientos.
Resulta imprescindible hacer un examen libre de pasiones lo que resulta complicado en las actuales circunstancias.
De lo contrario, nos va a resultar cuesta arriba reencaminarnos sin una persistente y virulenta intranquilidad social.
Nuestra clase media ha sufrido en los últimos años golpes demoledores. El número de pobres, afirma un organismo financiero internacional, se ha incrementado en un millón de personas.
Este es uno de los sentidos en que deben orientarse las discusiones y hablo de discusiones de altura.
¿Cuál es la realidad de nuestra pobreza? ¿Cuán vulnerable es esta suma considerable de seres humanos a la seducción de los favores o las medidas oficiales situando en peligro lo que sería una auténtica democracia? ¿Cómo preservar, proteger e incrementar la clase media?
La situación del medio ambiente es crítica. No quiero hablar de complicidad, pero lo cierto es que la actitud de los encargados estimula las agresiones. Son evidentes los daños constantes a bosques, ríos, manglares, recursos pesqueros, áreas protegidas.
¿Vamos a seguir indiferentes a esta realidad tan grave como escandalosa?
La inseguridad ciudadana es un mal al parecer incontrolable.
Es difícil encontrar una sola persona que no haya sido víctima o en conocimiento de una transgresión de los antisociales.
El tráfico de drogas, los atracos, el pandillerismo campean por sus dominios. El dominicano sufre en su carácter un notable proceso de degradación. Hay que exponer las causas y los probables remedios fríamente sin que importe lo drástico que estos parezcan.
El precio de alimentos y medicinas es inalcanzable. El tránsito sigue siendo un desastre. No existe un programa definido en nuestras escuelas y universidades en armonía con las necesidades nacionales. La corrupción es un problema vivo y palpable. El sistema judicial deja demasiado que desear.
Es incomprensible la desidia para concretar el código procesal penal modificado en sustitución del “código de los delincuentes”.
Nuestras cárceles resultan ingobernables. Ni el proceso comicial ni los partidos políticos tienen los controles que se requieren para evitar situaciones de privilegio discriminatorias. El ciudadano se encuentra a la deriva y en un estado casi absoluto de indefensión.
El problema haitiano es cada vez más acuciante. Crece la población ilegal, agravando la disponibilidad de las atenciones en nuestros hospitales y los empleos. Dicha presencia supone una amenaza creciente para nuestros recursos naturales. Y eleva la tasa de criminalidad en nuestros campos y ciudades.
Ahora, más que nunca, se impone la necesidad de una prensa agresiva, cuestionadora, investigadora, no mediatizada, que sea un faro de luz hacia la ventilación y enfrentamiento de los problemas cuya confrontación tenemos frente a nosotros.