Posverdad y securitización



Aunque el apogeo mediático ha batido más, del pasado año hacia acá, la noción de posverdad, no es menos cierto que esta sería incomprendida si no se la equipara a otro concepto, menos simpático a los medios y la cultura light o del espectáculo, y más proclive al pensamiento social analítico, que es el de securitización.

Zygmunt Bauman (2016), tomando prestado el término del lenguaje financiero, donde equivale a titulización, y orientándose más hacia el terreno de la teoría política de los años 90 de la Escuela de Copenhague, define la securitización como un truco del político en su rol de prestidigitador, que consiste en el desplazamiento que los gobiernos débiles de estos tiempos de modernidad tardía, globalización e interdependencia hacen de la auténtica preocupación de la ciudadanía por problemas que la nueva política, falsaria o mentirosa, los deriva hacia otros problemas en los que sí parecería que tienen destreza para plantear soluciones tranquilizadoras.

Por ejemplo, ante la incapacidad de solucionar asuntos como la inseguridad ciudadana o el desempleo, la creciente pobreza y los flujos migratorios, esta suerte de políticos taumatúrgicos de la securitización presentan, antojadiza y capciosamente, otros problemas como el del terrorismo distorsionado; o bien, los de la amenaza al sistema democrático por maniobras de la ciudadanía descontenta e indignada, así como, en nuestro caso más inmediato, el de una conspiración de la población que rechaza la corrupción y la impunidad o una posible invasión haitiana, para confundir el problema de la inmigración con el de la seguridad nacional y personal; cuando no, una presunta campaña internacional para desacreditar el Estado y su reputación por argucias de algún tribunal o una entidad de la sociedad civil.

Otro hecho securitizado es ver cómo ante el rechazo mundial del ataque con armas químicas de El Asad a su propia población, y las devastadoras imágenes de padres con sus niños muertos en brazos o de infantes heridos que preguntaban a sus socorristas si iban a morir, EEUU decide bombardear con misiles una base aérea oficial siria, desafiando con ello a sus aliados Rusia e Irán, lo que parecería un gesto humanitario de mayúscula importancia y grave riesgo.

Sin embargo, el objetivo de securitización de EEUU lo que persiguió fue revertir la caída en picado de la popularidad de Trump por los desaciertos e incertidumbres en la población estadounidense producto de varias órdenes ejecutivas fallidas, para despertar con manipulación el orgullo nacionalista del poderío militar norteamericano.

La posverdad se define como aquel argumento, sobre todo de raíz emocional, que provoca que lo que aparenta ser verdad resulta más importante que lo verdadero en sí.

Como su terreno de cultivo es la opinión pública, allí, la preeminencia de la posverdad consigue que los hechos concretos y objetivos sean menos relevantes que el mero apelar a las emociones o a las convicciones personales.

Aunque se le vincula demasiado al apogeo de la comunicación digital, sobre todo, por su virtud de la ubicuidad, no es menos cierto que el término posverdad se utilizó desde inicios de los años 90 para el análisis, por parte del escritor Steve Tesich, de escándalos políticos como Watergate, Irán-Contra y la Guerra del Golfo.

También, según Wikipedia, el periodista Eric Alterman habló de ambiente político posverdadero al referirse a los argumentos engañosos de la administración Bush en torno a los trágicos ataques terroristas del 9/11.

El discurso político, muy particularmente el que atiene al ejercicio del poder posmoderno, se vale de las argucias y veleidades propias de la securitización, cuando la posverdad se topa con su propio valladar semántico o sus límites de utilidad significativa y simbólica.

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