Lunes, 24 de septiembre, 2018 | 8:45 am

Por una filosofía de la innovación



Es frecuente en nuestro tiempo escuchar hablar acerca de la innovación. Lo hacen los empresarios, los expertos en gestión gerencial, los economistas, los politólogos y sociólogos, los pedagogos e historiadores, los artistas y científicos.

En materia de producción y productividad, y en función de la presión que sobre los entornos sociales globalizantes la oferta y la demanda, especialmente la ideología consumista, ejercen sobre el individuo consumidor, el mandato por excelencia es: innovar o perecer.

De ahí el apogeo del emprendimiento (start up) en las economías globales y emergentes, y el gravísimo peso de la obsolescencia programada en el lanzamiento de nuevos productos de consumo, para hacer todavía más fuertes y firmes los resortes de una sociedad orientada a producir y tirar delirantemente.

La innovación es, en consecuencia, la puesta en vigor del valor de innovar o “innovatividad”. Da sentido a lo que la tradición moderna ha entendido como Ars Innovandi (innovación), que en la filosofía racionalista de Leibniz fue el Ars Inveniendi (invención).

Este filósofo crea, no obstante, las bases de una posible filosofía de la innovación, por cuanto, más allá de sus preceptos metodológicos estableció claramente que la innovación conceptual o epistemológica tiene un campo propio. Así, la filosofía hace de vanguardia de la ciencia y la tecnología.

Para Javier Echeverría (2017) una filosofía de la innovación, sea creativa o sea destructiva o disruptiva, tiene su fundamento en una concepción naturalizada del valor de innovar, que le permita trascender las innovaciones tecnológicas, empresariales y sociales, para poder reflexionar en torno a las innovaciones naturales (humanas, vegetales, animales, geológicas, cosmológicas), las tecnociencias y las tecnolenguas (códigos de programación), posibilitando con ello la investigación en los ámbitos de los nanocosmos y los macrocosmos (nuevas naturalezas), más allá del mesocosmos conocido (naturaleza convencional).

Con esta propuesta se trasciende el paradigma de innovación establecido por el Manual de Oslo, propio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y la Oficina Europea de Estadísticas (Eurostat), que consideran innovación solo aquello que hacen las empresas para el dinamismo de los mercados.

Una filosofía de la innovación, en procura de consolidación, se va a ocupar de las innovaciones sociales, naturales y lingüísticas.

Además, tendrá como uno de sus temas centrales el de la axiología de la innovación; es decir, la reflexión sobre sus valores y disvalores, que en este campo pasan a ser temporales y contextuales, antes que ideales y eternos, por cuanto son el resultado de aplicar “las funciones axiológicas a diversos tipos de variables (objetos, relaciones, procesos, etc.)” (177). Si bien Echeverría, autor además de ensayos filosóficos como “Cosmopolitas domésticos” (Premio Anagrama 1995), “Los señores del aire.

Telépolis y el Tercer Entorno” (Premio Nacional de Ensayos 2000), “Innovation and Values: a European Perspective” (2013) y “Entre cavernas: de Platón al cerebro pasando por Internet” (2014), tiene en cuenta la contingencia y la incertidumbre como ingredientes del proceso de construcción de la filosofía de la innovación, esto no le obsta para proponer la Innología como una posible ciencia de los estudios generales de innovación y como una nueva ciencia social, que combina el Ars Innovandi y el Ars Inveniendi.

Una filosofía de la innovación habrá de apartarse de la concepción ordinaria de la oposición verdad/falsedad en los planteamientos teóricos, así como del dualismo bondad/maldad en el ámbito moral.

“La buenpensancia y el buenismo son dos de las grandes plagas intelectuales de nuestra época que habría que combatir denodadamente” (99). Frente a la constructividad, la destructividad deviene la otra cara de la innovación y hay que afrontarla.

Nietzsche acertó en decir: “El que crea, destruye siempre”. Innovar es crear.

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