No verdad y posverdad



Los acontecimientos jurídico políticos y socioculturales derivados de la fisura ética del sistema económico predominante en Occidente, que tuvo su chispa incendiaria en el septiembre negro de las bolsas de valores de Estados Unidos, en 2008, y luego de Europa y parte de Asia, crearon las condiciones, para fenómenos que tienen lugar en la actualidad y para su forma degradada de ejercicio del saber y del poder.

Los conocemos como posverdad, posfacto y pospolítica.

Hay una advertencia, como preludio de este acontecer, contenida en la obra más crítica de la modernidad, según sus palabras, del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, titulada “Más allá del bien y del mal” (1885).

Apoyado en el saber perspectivista, que se apoya en la “mirada de rana”, desde abajo hacia arriba, propia de los artistas, y con la cual subvirtió la filosofía y el arte de su tiempo, el pensador afirma, a la altura del cuarto fragmento y a raíz del cuestionamiento a los juicios sintéticos a priori de Kant y el reclamo del valor de lo presumiblemente falso en lo presumiblemente verdadero, que “renunciar a los juicios falsos sería renunciar a la vida.

Admitir que la no verdad es condición de la vida: esto significa, desde luego, enfrentarse de modo peligroso a los sentimientos de valor habituales: y una filosofía que osa hacer eso se coloca, ya solo con ello, más allá del bien y del mal”.

Si bien libera Nietzsche el acto de pensar, es decir, de hacerse preguntas sospechosas y de mirada oblicua en torno a los saberes establecidos como verdades absolutas, sienta con este aserto, no solo las bases del perspectivismo, sino también, de un relativismo que contribuirá a su intención de transmutación de todos los valores. Así habló Gilles Lipovetsky (1998) de un “crepúsculo del deber” o de una época posdeóntica.

En términos sociales, la historia de la verdad, en estrecha urdimbre con la razón y la no verdad, ha ido de la mano con la historia del Estado, en tanto que ente regulador del orden.

Ha servido igual a jefes de tribus, imperios, califatos, regímenes despóticos, tiránicos, liberales y totalitarios.

Sin embargo, su forma más aceptada ha venido adherida a la democracia como sistema político. Hoy día, y a raíz de la vigencia de lo pospolítico como degradación de la democracia, ese lugar lo ha ocupado la posverdad.

Este fenómeno no hubiera sido posible sin la revolución tecnológica, la digitalización de los sistemas de información, producción, consumo y vida cotidiana (cibersociedad), la tecnocracia como alternativa frente al Estado de bienestar en bancarrota, el apogeo del terrorismo fundamentalista, las crisis económicas y axiológicas, las guerras y los flujos migratorios masivos.

El Brexit, las tendencias neopopulistas y neonacionalistas en Europa y la elección de Trump en EE. UU. son ya resultados del ejercicio de una radical relativización de valores que impulsa laposverdad, cuya base emocional y subjetiva da pie a la manipulación y el engaño políticos, como resultado de una suplantación de la objetividad.

Posverdad equivale, pues, a posdemocracia, con un grave déficit de sentido en conceptos, inflacionados y distorsionados por su discurso, como patria, pueblo, ciudadano, derecho o libertad.

A esto se suma, la neutralidad valorativa o indiferencia adiafórica de la política ante los hechos mismos, por inhumanos que resulten.

En una era digital que reifica y absolutiza el dato por sí mismo, no obstante, política y paradójicamente, se rinde culto a lo posfáctico, a la denigración del dato en sí, a su conversión en bisutería ideológica.

Y la distancia del poshecho(posfáctico) al posderecho (tiranía) es muy corta. De ahí la no verdad en la posverdad, y su peligro.

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