Lunes, 18 de junio, 2018 | 3:05 pm

Llamado a los intelectuales



El seguimiento de la realidad nacional y mundial reclama de los intelectuales una intervención más activa y comprometida.

Se trata de una realidad cada vez más compleja y preocupante. Algunos sociólogos han llegado a decir que vivimos “un mundo desbocado”, otros se han referido a la sociedad actual como la “sociedad del riesgo”.

Somos la civilización de la inseguridad, de la incertidumbre, del derroche a la vez que del vacío.

Sobre la sociedad dominicana cabe preguntarse ¿por qué tanta desigualdad, injusticias, violencia y corrupción? Junto a una crisis ética y de valores tenemos un nuevo brote de racismo, de odio y de intolerancia. Vivimos, no cabe duda, un fuerte malestar.

Ante este panorama internacional y de la República Dominicana los intelectuales de nuestro país no pueden tomar una actitud pasiva ni escurridiza. ¿Frente a la realidad puede un intelectual ser honesto y callar?

Los intelectuales, que constituyen una categoría social fundamentada en un trabajo cuya materia prima son las ideas y el pensamiento, tienen una alta misión: Reflexionar el contexto y hacer proposiciones para mejorar la calidad de vida de los seres humanos en su ambiente físico, espiritual, económico, político y social.

Anthony Giddens, pensador social, ha motivado el término “reflexividad” para proponer a los intelectuales “el examen y la revisión constante de las prácticas sociales, a la luz de las nuevas informaciones referentes a esas mismas prácticas”.

Los intelectuales dominicanos tienen que hacer la necesaria introspección de la realidad. De ellos se espera que den más el frente.

Que dejen a un lado la conveniencia personal y la función de cazadores de “nichos”. Cierto es que deben sacar coraje para enfrentar los poderes determinantes de los que muchas veces dependen. Es verdad que los intelectuales también son consumidores, pero hay que resistir, porque en el rol de intelectual nada debe estar por encima de la verdad y del bien.

En nuestra realidad actual este llamado a la intelectualidad es para que defina claramente a qué servir y a qué no servir. Servir a elevar la calidad de la vida humana y no servir a las fuerzas e intereses que lo impiden.

La intervención de los intelectuales no debe ser sólo para denunciar y criticar, su intervención debe ser propositiva, pues así suman, educan, transforman y evitan la fatiga de los destinatarios por su opinión.

Esta opinión además debe ser pensada y elaborada para consumo del hombre y la mujer “de la calle”, quienes han aportado también para la formación académica y profesional de los intelectuales.

Celedonio Jiménez

Publicidad