La partida de un maestro



Un periódico local de Leeds, Inglaterra, de cuya universidad fue profesor emérito, al igual que de la de Varsovia, anunciaba ayer el fallecimiento de una de las luminarias del pensamiento sociológico y filosófico del siglo XX, especialmente, de su segunda mitad, y de los poco más de tres lustros transcurridos del siglo XXI.

Se trata de Zygmunt Bauman (Poznan, Polonia, 1925), versátil, original y agudo pensador de un tiempo y un mundo complejos, que en su discurso científico, filosófico y estético se definen como “modernidad líquida” o “posmodernidad”.

El interés por su obra desborda los límites de la academia, para instalarse en una amplia legión de lectores y seguidores de su pensamiento, cada vez más actual y diverso, desparramado en decenas de libros y multitud de entrevistas y conferencias.

Por medio de la metáfora de la licuefacción de la modernidad sólida y su paso a la modernidad líquida, que tiene como precedente la imagen de Marx y Engels, en “El Manifiesto del Partido Comunista” de 1848, en torno al “derretimiento” de las relaciones capitalistas de producción, el pensador despliega su análisis del escenario moderno líquido, con el telón de fondo de la globalización y sus efectos colaterales, a través de variables como la economía, la política y el Estado, las instituciones jurídicas, las interacciones humanas y las transformaciones de la individualidad, el impacto de la revolución tecnológica y digital, los fenómenos migratorios y su relación con la desigualdad socioeconómica y las guerras, el consumismo delirante y las actitudes éticas individuales y sociales; además, la educación, el arte, la cultura, las relaciones de poder y los nuevos mecanismos de control y vigilancia; la intimidad de los sujetos y los cambios en la vida familiar; los temores de la sociedad contemporánea y las políticas de vida que un entorno incierto y un Estado diluido, en constante y acelerada transformación, imponen a los seres humanos contemporáneos.

Bauman situó la época clásica del pensamiento social de Occidente en autores como Marx, Weber, Durkheim, Simmel, a quienes llamó maestros, Gramsci, Pareto y Parsons, junto a sus tutores académicos polacos como Jerzy Szacki y Stanislaw Ossowski.

En filosofía reconoce su enorme deuda con Nietzsche, Kierkegaard, Freud y Lévinas. Su obra refleja un exquisito gusto por la literatura y el arte. Perseguido, purgado y exiliado por el comunismo fue un crítico implacable de los males del capitalismo y la globalización.

La modernidad líquida nos plantea un nuevo escenario, en el cual ya no hay nada duradero, estable o predecible.

La incertidumbre, la precariedad y el criterio de obsolescencia juegan un rol preponderante en la fluidez o movilidad líquida de la vida. A esta época “líquida”, que Giddens prefiere llamar “modernidad tardía”, Balandier “hipermodernidad”, Beck “modernidad reflexiva” y Han “tardomodernidad”, le son propios elementos, en su organización y modo de vida, como el nuevo y globalizado desorden mundial, que favorece el dominio económico-político de las grandes naciones; la desregulación universal, que promueve la movilidad sin fronteras del capitalismo salvaje; la oleada de nuevos pobres, migrantes y refugiados; la dilución de la dignidad como derecho individual y social; la pérdida de los vínculos humanos; la incertidumbre y la inseguridad ante el riesgo de vivir en comunidad; el reto de la convivencia multicultural; también, la vertiginosa aparición y desaparición de bienes, servicios y costumbres; la afición por lo efímero, volátil, tecnológico-digital, desechable; la desintegración del yo en episódicas imágenes o simulacros virtuales, y la pérdida del estado de bienestar e incremento de la criminalidad, entre otros aspectos que han creado la crisis de identidad del sujeto contemporáneo. Partió un maestro del humanismo crítico.

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