Huracanes y desnudo social



Irma y María, nombres de los últimos huracanes que nos han azotado, vuelven a poner de manifiesto las condiciones infrahumanas y de mayúscula vulnerabilidad en que vive una inmensa cantidad de dominicanos .

Irma y María han desnudado el número de connacionales que se ven en riesgos extremos cada vez que ocurren fenómenos como estos, por la informalidad de sus viviendas o porque en sus carencias supremas han construido destartaladas casitas en viejos cauces de los ríos o a orillas del mar.

Estos dos fenómenos también han denunciado el derrumbe de casas por deslizamientos de tierras; nos han mostrado localidades que quedan incomunicadas por la presencia de puentes y caminos precarios e inundaciones de vastos espacios a causa de infraestructuras inadecuadas y por la extracción masiva de agregados de ríos.

En fin, estos fenómenos naturales sirven de año en año para desnudar algunas de nuestras muchas lacras sociales, expresiones, en lo esencial, de la indolencia y de la irresponsabilidad de la gran mayoría de los que nos han gobernado.

En las últimas décadas la ocurrencia de desastres naturales ha sido un factor contribuyente al incremento de la pobreza, al tiempo que en la medida es alto nuestro nivel de pobreza, en esa medida, en lo general, es alta nuestra vulnerabilidad a los fenómenos naturales. Como dije, esta vulnerabilidad tiene responsables, históricos y actuales.

Encuentra culpables en los que, desde los tiempos de la colonia, y hasta ahora, nos han impuesto estructuras excluyentes.

A estas estructuras les atribuyen Acemoglu y Robinson, en “Por qué fracasan los países”, la principal causa de sus males.

No por casualidad Haití y República Dominicana, dos naciones surgidas de la primera isla colonizada por el dominio imperial español, son, la primera, la nación más pobre de América, y la segunda, una de las naciones más pobres del continente.

Con palabras diferentes, pero con conclusiones parecidas, Pedro Francisco Bonó señala en “Apuntes sobre las Clases Trabajadoras Dominicanas”, la culpa de los que él llama “tradiciones recibidas”, esto es, la culpa de las instituciones y de los hábitos heredados.

Estemos claros, mientras haya pobreza y vulnerabilidad social las consecuencias negativas de ciclones y huracanes serán recurrentes.

Procede elevar las condiciones y la calidad de vida de la población, en el entendido de que así se podrá hacer frente de mejor forma a los efectos de los fenómenos naturales perturbadores.

Concluyo expresando mi solidaridad con los hombres y mujeres damnificados de nuestro país, así como con los hermanos puertorriqueños y mexicanos, víctimas de recientes y graves sucesos atmosféricos y telúricos.

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