Miércoles, 23 de mayo, 2018 | 8:39 am

Gloria y miseria de la democracia



Si la democracia, eso que llamaba Popper la sociedad abierta, es el ideal de la mayor libertad social posible -¿hay alguna libertad fuera de la sociedad?- pero debe enfrentar las degeneraciones inherentes a permitir que la voluntad de la mayoría intervenga en los momentos políticos fundamentales.

Podemos llegar a las gloriosas cumbres de un Bosch o un Mujica, o bajar a los infames abismos de un Trump o un Maduro.

La voluntad del pueblo, ni es la voz de Dios, ni del Diablo, es simplemente la voluntad de un colectivo que legitima la marcha política de una sociedad. Influenciable permanentemente, susceptible de ser dirigida por sus apetitos, como el cuento del burro y la zanahoria, o movilizada por el miedo, como buey narigoneado.

Es el gran problema de la democracia, ya visto por Platón, que como sistema social y político no es garante de calidad alguna en sus decisiones.

Es esencial para el desarrollo de una democracia madura el desarrollo de otros dos factores: la educación y bienestar económico. Una educación de alta calidad y crítica. No para producir operarios dóciles o ciudadanos sumisos.

Una economía que desarrolle autonomía personal de los ciudadanos y no mendigos de la ayuda gubernamental. Por eso Aristóteles señalaba que la mejor democracia es donde la mayor parte de los ciudadanos son clase media.

En nuestro país la democracia se vulnera constantemente debido a la pobreza, una educación de baja calidad, comunicadores bocinas del poder político y económico, y partidos políticos convertidos en pandillas corruptas.

David Alvarez

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