Crítica, libertad y modernidad



La crítica es el estado natural de la modernidad. En ese sentido, la antigüedad fue ortodoxa; la modernidad es heterodoxa porque se funda en la crítica como forma de creación.

La modernidad cultural se nutre y alimenta de la crítica cultural. Para la modernidad, la crítica, en efecto, es creación espiritual. La crítica política y cultural es moderna: no la conoció la antigüedad, donde hubo una forma ingenua y moralista de la crítica, como en la Grecia presocrática y clásica (en Dionisio de Halicarnaso y Sócrates).

La libertad es una experiencia, no solo una idea, ni un estado del ser. Y una forma del absoluto como el amor, la muerte, belleza, el mal, el bien o la locura.

También es un destino humano, el ideal intrínseco que genera una conciencia de la historia y del presente.

La libertad humana también se alimenta de la imaginación: es un viaje, a menudo, inmóvil, del pensamiento. En efecto, la libertad es la imaginación en movimiento hacia el pasado y el futuro. Nunca somos libres ni tampoco esclavos, pues la libertad no solo puede ser física, sino mental, espiritual o de conciencia.

La libertad es la felicidad de los pájaros y su forma de vida en la naturaleza. Por eso son felices cuando vuelan, y esclavos en cautiverio.

De modo pues, que la libertad es como el viento: flota, se expande, y es invisible. Si no se ejercita con las ideas, la crítica o la imaginación, se disipa, ya que es acción.

Y de ahí que sea la célula o la sustancia invisible de la democracia. Para realizarse, encarna en los hombres que la hacen actos; es infinita como la imaginación.

Hay libertad positiva y negativa, como afirmó Isaiah Berlin. Para Sartre, acaso el mayor pensador de la libertad: “El hombre está condenado a ser libre”.

Es un destino que esclaviza su pensamiento, por el solo hecho de saberse y pensarse como ente en libertad. Estamos en la libertad de ser libres. Todos amamos la libertad; otros le temen.

Ese” miedo a la libertad”, de que habló Eric Fromm, también es una opción ética, como lo es luchar por la libertad.
La libertad es así una conciencia.

Por lo tanto, la libertad de volar de los pájaros no es libre: es su forma de vivir. No la necesitan para vivir puesto que es intrínseca.

El hombre, en cambio, la necesita para poder ser y para afirmarse como ciudadano y como persona. Sin libertad no hay persona humana. Sin ella esta se degrada y envilece.

De ahí que la cárcel y el exilio son las formas en que los regímenes totalitarios degradan la condición humana de los individuos. Sin libertad tampoco hay historia, pues la “historia es una hazaña de la libertad”, como dijo Benedetto Croce. En síntesis: la experiencia de la libertad es una condición constitutiva e histórica del hombre.

Ejercer la libertad nos activa la imaginación y nos hace dignos de la historia. La práctica de la libertad crea una cultura, esa “cultura de la libertad” de la que tanto se habla, y que define al sujeto histórico y al ciudadano, al hombre y a la persona.

La salud de una sociedad, una civilización y una Nación se mide -o diagnostica- por su grado de libertad. En consecuencia, la salud de una democracia -o cualquier sistema de gobierno- se mide por la libertad de sus individuos. Así pues, cultura y libertad son dos conceptos indisolubles.

La meta –o el desafío- consiste en conciliar libertad y política: dos situaciones y dos formas de estar en el mundo social.

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