Yo he soñado un país muy diferente al mío



En una reunión de prominentes escritores dominicanos, a donde llegué por invitación de un amigo, el moderador me presentó como parte de tan respetables y distinguidos intelectuales, sorprendido, reaccioné diciendo: ¡señores, yo no pertenezco a esta dimensión, sólo soy un hombre inculto amante de la cultura!

A la prestigiosa escritora colombiana Yajaira Castellanos, que se encontraba presente, le agradaron mis palabras y me obsequió, dedicada, su novela “La última amazona”.

Íntimamente, sin que lo percibieran, mi ego creció en el pecho y sentí resbalando por mi piel la satisfacción de que mi nombre fuera mencionado en ese momento por el moderador.

Luego extendí la mano, vano empeño, en querer ganar la amistad de los demás.

Unos me recibieron con cariño y me estimularon para que siguiera compartiendo con ellos; otros me ignoraron, pero no me humillaron, porque en vez de deprimirme me sentí como un imbatible capitán y experto marinero navegando sobre mares turbulentos.

Acompañado o solo, seguiré sembrando mis palabras en el camino, porque estoy seguro de que los que hoy me ignoran, algún día en la lejanía, sin pronunciar mi nombre, recordarán que yo también soy importante, que le puse alas a mis sueños y ascendí a las montañas donde sólo habitan honrados y valientes; los que son capaces de dar la vida, si es preciso, en defensa de la libertad y la soberanía de la patria.

De acuerdo a Calderón de la Barca (monólogo de Segismundo) “la vida es sólo sueños, y los sueños, sueños son”, pero aún así, yo he soñado un país muy diferente al mío. Un país donde falten hombres para tanta tierra; sin patronos explotadores, pero con obreros satisfechos. Sin enfermos ni ancianos rodando por las calles; sin clínicas privadas, pero con muchos y buenos hospitales.

Sin prostitutas obligadas a intercambiar caricias por dinero; sin drogadictos ni analfabetos, sin niños pordioseros. Yo he soñado un país sin cárceles corruptoras; sin verdugos ni asesinos; sin saqueadores de empresas vestidos de funcionarios; sin canjeadores de dólares ni fondo monetario. Yo he soñado un país muy diferente al mío.

Un país de violines; con pianos y arpas, y obras teatrales; con arcodeón y güira, y con tambora. Sin barcos de guerra, sin aviones de guerra, sin cañones de guerra, y algo muy importante, sin groseras intervenciones extranjeras. Sin galleras, ni galleros; sin plazas de toros, ni toreros.

Estoy consciente de que los sueños, sueños son, pero yo vengo del pasado, cuando de cada latido del corazón brotaba juventud, constancia, firmeza, ideales, patriotismo, dignidad y coraje; cuando a pesar del riesgo que se corría enfrentamos al mas perverso, sádico, cruel y asesino de los dictadores dominicanos.

Lamentablemente, duele admitirlo, los que vinieron después olvidaron compromisos políticos, principios, honestidad y al pueblo.

A pasado mucho tiempo, pero a pesar de mis años, yo no me rindo, sigo combatiendo, porque mi canto es para los que no claudican, para los que tienen fe, para los triunfadores; y sigo sembrando las palabras en los surcos abiertos por otros soñadores que se nos adelantaron en el camino, porque algún día las palabras brotarán desde las profundidades de la tierra como rocas incandescentes y cambiarán positivamente y para siempre el curso de nuestra historia.

Dominicano, con toda fe muerta, que no muera tu fe, porque algún día, algún día, esto tiene que cambiar.

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