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Vagabundeo antropológico en Polo

En los últimos años, la antropología se está enseñando básicamente a partir del método de la etnografía. El profesor que lo está haciendo posible se llama Víctor Ávila Suero, de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Sus experiencias en etnología logradas en la Universidad de la Sorbona (París X-Nanterre), ahora se imparten en la cátedra de Metodología y Técnicas de Antropología Socio-cultural en esa institución superior.

El pasado año, el ilustre profesor dirigió la expedición hacia el municipio de Polo, Barahona, con el fin de dialogar con esa pobre comunidad. Me enorgullece haber sido parte del proyecto y de poder describir a sus moradores y lugares, realizando así una investigación de campo, y ser de pleno derecho uno de los mediadores interculturales.

Con las herramientas principales (el diario de anotaciones, diario de cambio y el cuaderno de balance del trabajo de campo), y el método casi exclusivo de la observación participante, se esbozaron las primeras acciones, entrevistas, guías de campo, y algunos cuestionarios improvisados sobre Polo, una comunidad de apenas unos 9,000 individuos.

La investigación se instaló en el Instituto de Capacitación de la Economía Asociativa Cooperativa (Ideac); seleccionamos a los informantes claves, algunos de ellos fueron sus autoridades municipales, concentrados en darnos las explicaciones sobre cómo mejorar la ciudad, tener éxito en las celebraciones del Día del Café, las patronales que se celebran en la última semana de noviembre, la fiesta del Caballo; en el extremo opuesto, simples parroquianos, hombres y mujeres tratándonos temas cruciales para ellos, como la agricultura, un mundo en el que sus primeros pobladores encontraron aquí café, la toronja, los gandules, y otros rubros de economía de subsistencia.

Temas como la mujer, los haitianos, atrajeron de inmediato nuestro interés (pero para el antropólogo importa más el punto de vista del local). Fue notorio descubrir que las mujeres están integradas al café, ya que todos trabajan de una u otra forma en la producción del mismo, aunque ellas pasan mucho tiempo en el hogar.

Ellas entrañan los valores religiosos y los transmiten en la crianza de sus hijos, con mayor seguridad que los hombres; prefieren vivir dentro de la naturaleza y disfrutar del lugar de acuerdo a las cosas simples; arriba había una paisaje de cedro, cabilma, macadamia, dalia, lirio, tocador; algunos árboles tenían nombres locales: batata de dalia, cara de hombre, ciego de día, etc.

En Polo, la inmigración haitiana es objeto álgido de discusión y hay malinterpretación en uno y otro lado de la isla.
Las controversias al parecer no derivan del comercio entre ambos grupos, de la falta de empleo, sino de la sobrepoblación de haitianos y la forma que estos afectan los servicios de salud y de escuela.

No es una ilusión nuestra, sino que he aquí un concreto imaginario social instituyente. La recomendación que no puede faltar es que el gobierno ha de poner el corazón en esta comunidad que no tiene un mercado, una biblioteca municipal o una casa club para sus actividades culturales e implementar un programa de ajardinamiento, embellecimiento y ornato de las principales instituciones públicas y de las calles centrales.

Un nuevo equipo de antropólogos, combinados con arquitectos e ingenieros, le aportarían mucho al esplendor de este maravillo lugar, que permanece empobrecido.

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