Viernes, 17 de agosto, 2018 | 4:12 am

Una situación calamitosa



Perturba los ánimos –y nos sume en un estado de profunda tristeza -el destino del policía que decidió morir ante la imposibilidad de obtener el dinero para costear la operación que salvaría la vida de su hijo afectado por un grave problema hepático.

Uno cierra los ojos e imagina el estado emocional de este hombre que, desesperado, acudió a los medios de comunicación a suplicar ayuda para enfrentar ese terrible trance.

Un muro de silencio acalló sus ruegos desesperados. Entonces, se quitó la vida.

Este evento trágico y devastador ocurre precisamente cuando se reinaugura un hospital del Estado en el que se invirtió una cantidad fabulosa de millones de pesos y dólares.

Resulta evidente, la sociedad dominicana se desliza por una pendiente que no abre las puertas a la esperanza. Se podría creer que varios de los responsables de conducir los destinos colectivos han perdido el rumbo. O sencillamente estas situaciones no les quitan el sueño.

La impresión generalizada es que, en la República Dominicana de hoy, intereses poderosos e intransigentes se sitúan de forma irrevocable en primer término.

El ciudadano subsiste abandonado y olvidado.
Se aprecia en esta otra calamidad, la del llamado “El Riito” en La Vega, un hecho que puede arrojar alguna luz sobre cuanto decimos.

El proyecto, de dos mil millones de pesos, anunciado como “una salvación para las proyecciones futuras” de esa ciudad y, un rescate de quienes viven en estado de suma pobreza en los márgenes del río Camú, ha devenido en una tremenda incongruencia.

La última creciente del Camú ha revelado los yerros, desaciertos o imprevisiones de quienes estructuraron la iniciativa.

Al parecer, se ignoró o no se consideró lo suficiente el proceder histórico y el vigor de corrientes de agua cuyo cauce fue creado por la naturaleza durante miles de años.

Los moradores, luchando por defender sus pertenencias en calles y casuchas anegadas en corrientes torrenciales de varios pies de altura, gritaron haberle advertido a los proyectistas que estaban construyendo “en el mismo lecho” y que eso acarrearía “graves consecuencias”.

Dijeron haberse acercado, advertido y reiterado a esos profesionales que ellos “conocían ese río”. ¿Por qué no los escucharon? Su respuesta, con las aguas cubriendo gran parte del primer piso de las inconclusas y nuevas edificaciones, es que “los daños son menores”. ¿Menores?

Este escenario se da en este contexto noticioso que sí tiene que ver con cuanto ocurre en todo el país: “Detienen a un hombre que filmaba a sus nietas e hijas mientras la violaba para comercializar los videos”. “Militares en la frontera incautan diez pacas de drogas”.

“Encuentran cadáver de mujer en un tanque”. “Sancionarán profesional por subir video en el que de nueve camas para cuidados intensivos, siete son ocupadas por haitianos”.

Protestas por energía eléctrica, acueductos, reparación de calles y caminos vecinales, asesinatos y atracos, intolerable costo de la vida. Esta sociedad tiene que hacer un alto urgente.

La razón es tan elemental que resulta un exceso mencionarla.

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