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Transhumanismo e identidad

El tiempo es pieza clave de la historia y de la cultura. Su enorme poder corrosivo amenaza la corporeidad, las ideas y la civilización.

Hemos experimentado un largo camino desde la infancia del humanismo clásico hacia el poshumanismo, como fase superior, y sus ingredientes revolucionarios en las tecnologías, las ciencias, la ética, la comunicación, la economía y la organización virtual y real del individuo, las comunidades y la sociedad.

Un interregno conceptual de primera importancia en ese tránsito lo constituye la filosofía del transhumanismo y su esencial propósito de mejorar o, más aun, perfeccionar el ser humano, su modo de pensamiento y estilo de vida.

El transhumanismo, como la modernidad, nace de un descontento, de una insatisfacción, fundamentalmente, la de no aceptar como naturales e insuperables las limitaciones físicas e intelectuales, incluyendo la muerte.
En los años 2002 y 2012, respectivamente, la World Transhumanist Association desarrolló definiciones divulgativas de la noción de transhumanismo.

Un autor como Luc Ferry (2017) define esta vertiente de pensamiento como un proyecto filosófico, científico, tecnológico y biotecnológico de amplio espectro, que pretende pasar de un paradigma médico tradicional, el de la terapéutica, que tiene como finalidad principal reparar, cuidar enfermedades y patologías, a un modelo superior, el de la mejora y también perfeccionamiento del ser humano.

Posibilidad y deseo de perfectibilidad del humano, hasta vencer la muerte. Para el desarrollo de sus investigaciones y experimentos tecnológicos y biotecnológicos esta corriente cuenta con el respaldo de los gigantes tecnológicos Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft, Twitter y LinkedIn, entre otros.

Su impacto ha trascendido hacia la economía, dando lugar a la hoy denominada economía colaborativa y los emprendimientos o “start ups” que han modificado la producción, el consumo y el estilo de movilidad (por uberización), comunicación, entretenimiento, alimentación y vida de ambos hemisferios del planeta.

En términos filosóficos, el transhumanismo procura que los humanos incorporen a su destino y a su espacio de libertad aspectos relevantes de la realidad que antes estuvieron en manos del azar o de la fatalidad.

Ferry considera que desde el transhumanismo se pasa del azar a la elección, logrando migrar desde la teoría genética, que no podemos controlar, a una manipulación y el perfeccionamiento libremente aceptado y activamente buscado, desde la biogenética.

En esto hay implícito un problema de orden identitario, además de ético. No podría haber transformación del ser humano, ya sea de su estructura corporal (lucha contra la vejez, las enfermedades y la muerte) o desde su forma de pensamiento (infinitud de posibilidades de desarrollo del cerebro y la inteligencia) que de una forma u otra no impacte o inquiete la cuestión de la identidad o las identidades, tanto en el plano individual como en el colectivo o comunitario.

Las perspectivas del transhumanismo provocarán un vértigo que va a apoderarse de nosotros cuando comprendamos que lo que está en juego es nuestra propia identidad, por cuanto, la definición misma de lo que somos, o bien, de lo que queremos ser, será cada vez más asunto de nuestra propia elección tecnocientífica, contrario a la consideración tradicional que atribuía esa definición a divinidades o a la simple herencia por evolución natural, cultural o social.

Hay una correspondencia en la interpretación de la cuestión identitaria propia de la corriente transhumanista clásica (la de vanguardia se inclina demasiado a la autonomía posible de la inteligencia artificial) y los planteamientos de pensadores como Z. Bauman, J-C. Kaufmann, A. Finkielkraut o Amartya Sen, entre otros. Hay, además, en esta filosofía, un culto a la racionalidad y al espíritu crítico, así como una preocupación por la regulación de orden ético en el plano de las tecnociencias y la biotecnología.

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