Tópicos sobre un ciudadano a la deriva



En Santiago, los vecinos de una urbanización hacen una protesta porque sus áreas verdes han sido tomadas por el Cabildo.

¿El propósito? Acomodar un incontrolable “mercado de pulgas” que ya ha causado estragos en otras partes de la ciudad.

Una joven, con gesto exaltado, anuncia que la vecindad “va a perder su tranquilidad”. Escándalos, conflictos, basura. Camiones circulando en la madrugada, de seguro tocando sus estruendosas bocinas. Lo que estaba destinado a ser un área de recreo “ahora va ser un infierno”, dijo. Y añadió: “Lo más terrible de esta situación es la impotencia. No tenemos cómo defendernos”.

La historia se repite incesantemente. Hace algún tiempo, los vecinos de urbanizaciones céntricas notaron la presencia de guaguas que cruzaban a velocidades temibles por calles que hasta entonces eran relativamente tranquilas. Debido al caos del tránsito, los intocables y abusivos “gremios” que agrupan a esos choferes crearon “rutas alternativas” de manera inconsulta.

Los residentes perdieron de manera abrupta su limitada paz. Tras la conducta prepotente y suicida de los “guagüeros”, las vías fueron tomadas por “fritureros”, “tricicleros” y taxistas bulliciosos que dejaban tras de sí basura, discusiones, pleitos sin fin, y contenes apestosos a orina.

El ciudadano se siente indefenso y no solo ante la ola terrible de atracos, robos y crímenes. En algunos centros comerciales son usuales los engaños con el peso, la calidad de los productos y las facturaciones. A veces le escamotean productos que, al descargar las compras, sencillamente ya no están.

Antes del predominio de los seguros un galeno te cobraba 300 o 400 pesos de consulta. Ahora te cobran el seguro vía tu salario y el médico exige mil pesos al contado. Visité un urólogo que, por apuntar unos datos en una PC y recomendar “un estudio” (hablamos menos de diez minutos) descontó su tarifa del seguro y demandó mil al contado. La asistente me advirtió que cuando le llevara los resultados debía hacer otro pago.

Las denominadas “juntas de vecinos” son otra fuente de conflictos interminables. Los residentes apenas si pueden hacer valer sus derechos. Pese a que está prohibido, los edificios, además de sucios y abandonados, están repletos de gatos y perros que hacen sus necesidades en cualquier parte.

No sé cuántas veces se ha planteado el problema de los llamados “limpiavidrios”. ¿Otro problema irresoluble? El automovilista, además de los atascos, los insoportables precios de la gasolina, de los repuestos, accesorios y del servicio, debe encarar agresiones sin fin.

La ciudad es cada vez más insegura, no hay sosiego y las peticiones al 911 para enfrentar los ruidos a veces se toman horas para ser atendidas… ¿En qué nos hemos convertido?

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