También en Rumania



En su edición del pasado martes siete, el periódico español “El País” publica un despacho enviado desde Bucarest, según el cual millares de ciudadanos de Rumanía llevaban siete días en las calles protestando contra el gobierno, en condena a la rampante corrupción que afecta a ese país y por el fin de la impunidad que deja sin castigo a ese delito.

Esa lucha viene de lejos, pero cobró impulso inusitado cuando el gobierno se pasó de contento y llegó al colmo de dictar un decreto para despenalizar determinados actos de corrupción y aligerar la pena de otros delitos de ese tipo, cuyo daño fuese inferior a los cuarenta mil euros.

La gente se lanzó a la calle.

Han querido legalizar el robo, fue una de las expresiones más sonadas en medio de las manifestaciones en las cuales miles de rumanos salieron a movilizarse en todo el país.

El corazón de la protesta ha sido la plaza de la Universidad de Bucarest, el mismo punto donde surgieron las multitudes que provocaron la caída del régimen de Nicolae Caeaucescu hace veintisiete años. Al séptimo día de la protesta aún quedaba una masa de cerca de veinticinco mil personas.

Están pidiendo la dimisión del gobierno de Sorin Grindeanu, que ha asumido una actitud de bajo perfil, en espera de que la gente termine cansada y la marea humana vuelva a bajar.

Es impredecible lo que ocurrirá en ese país de los Balcanes, pero aquello guarda una gran similitud con lo que ha venido ocurriendo en muchos países, el nuestro incluso.

La corrupción es una verdadera peste, favorecida por una generación de gobernantes que, salvo las debidas excepciones, son unos débiles de carácter y flojos de ética y voluntad moral.

En Europa un escándalo sucede el otro. España es un ejemplo. El caso de la Odebretch, que también a nosotros nos concierne, ha venido a mostrar con más claridad que nunca que la hidra de siete cabezas de la corrupción se desliza por todo el continente.

El imperialismo es capitalismo en descomposición, sentenció un sabio universal llamado Lenin y aquí lo tenemos, más descompuesto que nunca.

Afortunadamente los pueblos, hastiados, se han puesto en pie. Incluso el nuestro, y quien no quiera creerlo, que hasta el domingo próximo pase por los alrededores del parque Independencia y se convenza. Y firme el libro verde, además.

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