“Solo he pasado a la habitación de al lado”

In memoriam



Como han de suponer esta columna no es de la autoría del doctor Rafael Molina Morillo, pues, como ya saben, falleció el domingo pasado dejando un gran vacío entre sus familiares, amigos, compañeros de labores y la sociedad en sentido general.

Un amigo de Molina Morillo sugirió publicar en el espacio de esta tan leída columna una reflexión que sobre la muerte hiciera San Agustín de Hipona, uno de los grandes sabios del cristianismo:

La muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado.

Yo soy yo, ustedes son ustedes.

Lo que somos unos para los otros seguimos siéndolo.

Denme el nombre que siempre me han dado. Hablen de mí como siempre lo han hecho.
No usen un tono diferente. No tomen un aire solemne y triste.

Sigan riendo de lo que nos hacía reír juntos. Recen, sonrían, piensen en mí.

Que mi nombre sea pronunciado como siempre lo ha sido, sin énfasis de ninguna clase, sin señal de sombra.
La vida es lo que siempre ha sido. El hilo no se ha cortado.

¿Por qué estaría yo fuera de la mente de ustedes? ¿Simplemente porque estoy fuera de su vista?
Los espero. No estoy lejos, sólo al otro lado del camino.

¿Ven? Todo está bien.

No lloren si me amaban. ¡Si conocieran el don de Dios y lo que es el Cielo! ¡Si pudieran oír el cántico de los Ángeles y verme en medio de ellos! ¡Si pudieran ver con sus ojos los horizontes, los campos eternos y los nuevos senderos que atravieso! ¡Si por un instante pudieran contemplar como yo la belleza ante la cual todas las bellezas palidecen!
Créanme:

Cuando la muerte venga a romper sus ligaduras como ha roto las que a mí me encadenaban y, cuando un día que Dios ha fijado y conoce, sus almas vengan a este Cielo en el que los ha precedido la mía, ese día volverán a ver a aquel que los amaba y que siempre los ama, y encontrarán su corazón con todas sus ternuras purificadas.

Volverán a verme, pero transfigurado y feliz, no ya esperando la muerte, sino avanzando con ustedes por los senderos nuevos de la Luz y de la vida, bebiendo con embriaguez a los pies de Dios; un néctar del cual nadie se saciará jamás.
Amén.

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