Sobre la muerte del teniente Mateo Ogando



Cuando el teniente Mateo Ogando, FF.AA., sintió el ruido de palas mecánicas tumbando las casas de sus vecinos, escuchando voces y gritos desesperados, salió de su humilde vivienda hecha de remiendos (propia de un militar honrado), y fue hacia donde estaba la policía. Alzó las manos y preguntó con voz desconcertada: ¿qué es lo que pasa?… Como respuesta, un tiro en la frente. Nunca supo por qué razón le quitaron la vida. Ese domingo a las 3:30 a. m., una mujer perdía su esposo y seis niños quedaban en la orfandad.

La Policía Nacional, con evidente brutalidad y fuera de toda ley, destruyó y saqueó las casas de decenas de familias, algunas de ellas con más de 20 años ocupando unos solares, que de un momento otro ya “no les pertenecían”.

Ante los destrozos de lo que una vez fueron sus viviendas, con los ojos vidriosos, todavía no llegan a entender qué fue lo que pasó. Aún esa pregunta que le costó la vida el teniente Mateo Ogando nadie le ha dado respuesta. Ninguna comunicación les ha sido notificada a las personas cuyas casas fueron derribadas sin piedad, ni antes, ni durante, ni después.

La única realidad indiscutible, es que hubo un abuso de poder, y un inexcusable crimen. Acción que sin duda debió estar sustentada en una orden del más alto nivel.

Restos de una de las casas destruidas con la pala mecánica.

Restos de una de las casas destruidas con la pala mecánica.

Cuando estas familias ocuparon esos solares, era un monte de espinas y piedras calizas; conozco esa zona desde niño. Pero ahora está frente a la Ciudad Juan Bosch, y su valor ya no es el mismo que cuando tenían que caminar kilómetros por pequeños trillos. Ahora las garras del poder y la ambición se ciñen sobre  estos terrenos, y sobre las familias que los habitan.

Los pobres son buenos para tomarse fotos, y para ayudarlos en sus desgracias como gesto politiquero de hipócrita humildad. Pero cuando ocupan espacios codiciados por el poder, entonces son tratados como escorias humanas… Por suerte para muchos, y desgracia para pocos, hay quienes no se acomodan a las perversidades del poder y la ambición.

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