Miércoles, 14 de noviembre, 2018 | 3:01 am

Respuesta a Claudio Caamaño Vélez



Dijo José Martí que “los hombres se dividen en dos bandos: los que aman y fundan, los que odian y deshacen”. Claudio Caamaño Vélez es de los primeros. Por eso, aquellos que destruyen no se hagan ilusiones con que nos verán enfrentados. A quienes deshacen, los confronto; con quienes construyen, dialogo.

Creo que Claudio cometió un error en su último artículo publicado en el periódico El Día el pasado 12 de enero. Reproduce falacias que, disfrazadas de sentido común, ha impuesto culturalmente la derecha local, esa que admira a Balaguer, a Trump y Le Pen. Me refiero al falso paralelismo entre la patria y la propiedad privada (como igualar el país con una casa o un residencial), entre soberanía y despotismo, o que permitirle al inmigrante vivir con derechos equivale a quitar el pan de la boca al hijo propio para dar al ajeno. Si lo logran con alguien como Claudio ¿qué se puede esperar de quienes no han accedido a educación de calidad, al desarrollo del pensamiento crítico y la información veraz?

El discurso dizque patriótico de derecha parece convencer a muchos con el falso dilema de que en República Dominicana pueden vivir o los dominicanos o los migrantes, es decir un conflicto excluyente e irresoluble; y también con la patraña de que quienes defienden los derechos humanos quieren -como parece decir Claudio- “regalar a pedazos” la nación. Peor y más lamentable es haber popularizado que falsedades como esas, demagogia pura, se apoyan en citas de Duarte, a todas luces forzadas, sacadas de contexto y de lógica.

Claudio: no te dejes confundir, las cosas no son así. En primer lugar, por lo que tú mismo señalas: la inmigración masiva y desordenada es culpa de la clase política, militar y empresarial que ha dirigido este país desde la ocupación yanqui de 1916; no de quienes se solidarizan con los inmigrantes y los abusados de toda clase. Y es esa misma clase política, militar y empresarial la responsable de que en República Dominicana falten el empleo, el salario digno, los hospitales, las escuelas, el agua potable, la vivienda, los alimentos, la seguridad.

Por supuesto que tenemos que tomar en serio y resolver la grave crisis migratoria y fronteriza; es un problema que afecta seriamente el presente y el futuro. Pero no lo lograremos apuntando contra los inmigrantes ni contra quienes se solidarizan con ellos (salvando este país de tener aún peores récords en violación de Derechos Humanos) sino movilizando fuerzas e ideas contra esa élite politiquera, negociante y corrupta que ha hecho de República Dominicana una catástrofe generalizada, incluyendo la frontera, la inmigración y las instituciones que deben regularlas. Eso incluye transformar el orden político y social que ha hecho de la isla un territorio arrasado, obligando millones de dominicanos y haitianos a huir de sus países. Ante el caos migratorio, nuestra bandera debe ser institucionalizar, hacer funcionar el Estado y dignificar la vida, jamás odiar ni destruir.

Si desde la telefonía hasta las minas, desde las pensiones hasta la salud, pasando por las playas y las generadoras eléctricas, toda República Dominicana ha sido privatizada y transnacionalizada a precio de vaca muerta, ¿hasta dónde vamos a seguir cayendo en la falacia de que este país se “regala a pedazos” en beneficio de los haitianos pobres e indigentes? Claudio, te recuerdo que todas y cada una de las ideas de Duarte fueron dirigidas a convencer a los dominicanos de ser libres e independientes de dominios y poderes ilegítimos, internos o externos, estatales o de casta; nunca fueron formuladas contra pueblo alguno. Duarte invita a la liberación, no a la exclusión.

Amigo: El discurso de un país sobre los vecinos y la migración, suele hablar más de sí mismo que de los otros. Cuando explicamos las carencias y la miseria endilgando la culpa a los inmigrantes pobres y trabajadores, terminamos justificando y defendiendo el régimen de abusos e injusticias en casa, dejando tranquilos a los poderosos, verdaderos responsables. Terminamos además aceptando que debemos conformarnos con las migajas que caen de la mesa, resignándonos a una lucha de pobres contra pobres, mientras los ganadores de siempre se sientan al gran banquete. Y cuando apuntamos cañones contra quienes defienden los derechos de los humildes que migran, estamos afilando el cuchillo contra los propios compatriotas que andan por el mundo tratando de sobrevivir y ayudando a sus familias, soportando racismo y discriminación. Y, por cierto, estamos puliendo las cadenas de los que siempre van a hallar pretextos para instaurar más atropellos y tapar su corrupción. Ahí está la historia del Trujillato para aprenderla.

Claudio, por cierto, tú eres un hombre demócrata y de izquierdas. Quienes somos de ese litoral, quienes amamos y construimos por y para la justicia, no podemos ver dilemas entre defender esta patria, “la mía”, o aquella; no podemos razonar en términos de “cada quién defienda lo suyo”. Para nosotros es válido y necesario aquello que se llama internacionalismo, hoy más que nunca necesario en tiempos de lo que Frei Betto llama “globocolonización”. Debemos luchar por la patria propia, hacerla digna y próspera, y a la vez ayudar a todos los demás pueblos a rescatar las suyas, solidariamente, fraternalmente. Cuando el pueblo haitiano deje de sufrir hambre e injusticias, no necesitará migrar. Y debemos luchar porque en cada país del mundo sea inaceptable que los derechos y la dignidad humana (de quien sea) se cuestionen en nombre de la “defensa” o la “salvación nacional”, parapeto donde siempre se ocultan los peores regímenes.

Claudio: Has dicho que pueden que te digan xenófobo, racista y reaccionario por tu escrito. Me dolería que eso pasara, pero creo que nos debe preocupar más que digan que estamos perdiendo la batalla ante los vencedores de siempre, esos que solo odian y deshacen. Un abrazo para ti.

Matías Bosch, primer vicepresidente

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