Sábado, 13 de octubre, 2018 | 9:02 pm

República Dominicana y el mundo



Pese a que por razones históricas y geográficas República Dominicana estuvo relativamente aislada del resto del mundo, las últimas tres décadas marcan un decidido y constante movimiento en la dirección contraria.

La globalización ha llegado para quedarse y, aunque sus efectos y la forma en que se asume son particulares de cada país, existen tendencias inevitables para todos los países que desean insertarse en el sistema internacional.

El protagonismo de la integración económica desde principios de los años ochenta del pasado siglo ha hecho olvidar una corriente integradora que la precede y trasciende: la de los derechos.

Como nuestro país ha descubierto tardíamente las declaraciones y convenciones de derechos humanos, muchos creen que estos son simples afectaciones o accesorios que pueden ser ignorados en nuestro esfuerzo por participar en el escenario internacional en igualdad de condiciones con otras naciones.

Además, hay gente que piensa que es posible que nos mantengamos al margen del creciente reconocimiento de derechos de las minorías, o de los derechos reproductivos de la mujer, y hacen lo inimaginable para que esas corrientes no nos toquen. Vano afán.

Y no solo porque estos procesos han sobrevivido al retorno de los demagogos, sino porque nada de esto nos trae beneficios. Más bien al contrario: echa arena en los engranajes de nuestras relaciones con otros Estados.

Buen ejemplo de ello es el matrimonio igualitario. Dudo mucho que este derecho entre a nuestro ordenamiento jurídico por iniciativa del legislador dominicano.

Creo que su pie de amigo será la necesidad del Estado dominicano de reconocer los efectos del matrimonio entre dos inversionistas extranjeros del mismo sexo.

Un caso de esta índole presionará el reconocimiento de los aspectos económicos de dicho matrimonio, pero generará un efecto de bola de nieve que será difícil detener, por no decir que imposible.

A menos, claro está, que la República Dominicana quiera colocarse entre los países que no reconocen la legalidad de contratos que cumplen con la de los lugares donde se hayan celebrado, algo que sería fatal para nuestro interés en recibir inversiones extranjeras.

Al final, no podremos tomar y dejar porque una cosa es ella y la otra. Ese ruido que trae el río son los derechos que aun nos resistimos a reconocer.

Nassef Perdomo Cordero

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