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Recuperar la Navidad

La Navidad es el acontecimiento más importante del año para media humanidad. La celebran los creyentes y los ateos.

En ese tiempo se acercan los ausentes y las familias y los amigos se unen. Pero, ¿qué es la Navidad? La Navidad es más que el arbolito caro adornado con todo el glamour, la creatividad y las innovaciones que cada año ofrece la moda e impone el mercado.

La Navidad es más que las fiestas, que el puerco en puya, el pavo horneado, la telera, el “Volvió Juanita” o “La Juma”.

La Navidad es más que el vestido rojo, el traje y los zapatos nuevos que se estrenan para lucir despampanantes la Noche Buena.

La Navidad es más que las fotos felices que se toman de la familia completa para luego compartirla en Facebook o Instagram.

La Navidad es más que bailar hasta el amanecer y superar la resaca del 25 de diciembre comiendo el recalentado de la sobra del día anterior.

La Navidad es más que afán por comprar en medio de tapones interminables, de arreglar la casa, de cambiar los muebles y de gastar el doble sueldo y lo que no se tiene para luego coger prestado en enero para poder llegar a fin de mes.

La Navidad es más que consumismo y darle placer al paladar y después hacer el propósito de volver al gimnasio a rebajar las libras del desenfreno de diciembre.

La Navidad tiene un sentido espiritual que hay que recuperar. Es la celebración de Dios que se hace Hombre. Que asume la condición humana para enseñarnos el camino del bien, de la esperanza y la paz.

Navidad es el amor de Dios.
Es el Jesús que nace humilde para decirnos que sin nada venimos a este mundo y sin nada nos vamos.

Es el Jesús que, como dice el papa Francisco, “conoce bien el dolor de no ser acogido y la dificultad de no tener un lugar donde reclinar la cabeza”.

La Navidad es triunfo del amor y el tiempo de darse, de abrir el corazón, no de atiborrarse.

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