Martes, 11 de diciembre, 2018 | 3:30 am

¿Qué nos espera?



La vida, a todos los niveles, se ha ido degradando frente a nuestros ojos. Un análisis frío, al margen de pasiones o de actitudes acomodaticias nos indica, no obstante, que por misericordiosa que sea la actitud que podamos asumir, la realidad, cruel e incrédula, se ríe a carcajadas en nuestra propia cara.

Acabamos de vivir un ejemplo lúgubre con el juicio a los involucrados en el asesinato de la adolescente Émely Peguero y su hijo. Si nos ha quedado claro, como es evidente, la existencia de una firme “conciencia de grupo”, siempre alerta y diligente en la defensa de los intereses de las personas a ellos vinculadas.

Un sistema de justicia mediatizado, débil, con escaso crédito, es lo conveniente para mantener el actual “estado de cosas”. Por eso, la aprobación del nuevo Código Procesal Penal ha sido pospuesta e ignorada. Y con razón se ha denominado el que rige como “el código de los delincuentes”.

Evidencia de esta situación son los cientos de casos de asesinatos y desapariciones que reposan en nuestros tribunales y archivos policiales por años y años, al igual que miles de querellas sobre violaciones, agresiones, atracos y crímenes de toda naturaleza, muchos de ellos en verdad horrorosos.

El ciudadano común se sabe indefenso ante una autoridad que no le hace caso y cuya suerte le es absolutamente indiferente.
El mensaje es claro: a quienes se concedió la potestad de orientar y dirigir los destinos nacionales siguen una agenda que poco o nada tiene que ver con los intereses que no sean los que ellos defienden o protegen.

Son muchas las voces que han expresado su alarma ante conductas, actitudes y decisiones que nos arrastran al abismo. Las advertencias han caído en el vacío.

El país se encuentra suspendido en una cuerda floja que, con un soplo de brisa, puede deslizarse hacia el abismo de las crisis y la ingobernabilidad que estremecen a naciones como Puerto Rico, Venezuela, Nicaragua y México.

Deuda externa creciente e irrefrenable, un nivel de criminalidad intolerable, postración, debilidad o complicidad de las autoridades fundamentales ante los insaciables poderes económicos, tolerancia frente a la corrupción de propios y ajenos, mayúsculo desorden administrativo, una presencia gris y vacilante de la oposición, y un pueblo cada vez más desesperado y violento ante los abusos inconcebibles de que es objeto.

Ubi Rivas, un testigo de estos tiempos, manifiesta, en un artículo publicado en el “Hoy” su desasosiego ante el irrespeto y la ausencia de solemnidad generalizados ante el desempeño de muchas instituciones de tradición.
“El país va por un mal sendero, sin que se avizore variación alguna que controle los peligroso derroteros disolventes de los poderes nodales”, nos dice.

En una crónica de Suhelis Tejero Puntes se informa que “el financiamiento externo para 2019 será de tres mil 48 millones de dólares que se obtendrán con emisión de bonos en los mercados internacionales y de la banca comercial”.

El Banco Interamericano de Desarrollo (BID), a su vez, se queja de los elevadísimos sueldos de los funcionarios públicos. Mientras, se incrementan las muertes maternas por infecciones, hipertensión, trastornos cardíacos, anemia falciforme, diabetes, malaria, tuberculosis, afecciones hepáticas y renales.

¿Hay, entonces, alguna esperanza en el horizonte? Respondamos mirándonos al espejo.

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